Cada
vez que escuchamos la sirena de los bomberos, aquellos que vivimos en Urdinarrain nos
angustiamos pensando en nuestros seres queridos; y cuando podemos establecer
que es “algo que le ocurrió a otros” nuestra angustia empieza a bajar, hasta que
en algún momento, bien de chusmas de pueblo, nos enteramos de lo que pasó realmente, algunas veces con noticias trágicas, y otras, la mayoría, solo con
daños materiales.
Pero
si un día cualquiera ocurriera un accidente o siniestro de grandes dimensiones
en Urdinarrain, como podrían ser un choque de micros llenos de pasajeros, un
derrumbe en una escuela o un incendio en un espacio donde asisten más de 100
personas, es muy probable que muchas de ellas morirían por la falta de atención
médica adecuada y/o por la demora en recibir la ayuda en el tiempo y en la forma en
que lo necesitarían. Y no sería culpa de los profesionales de la salud del
hospital local o por la falta de equipamiento adecuado, ni tampoco de los
bomberos o la policía, sino la exclusiva responsabilidad de las autoridades
municipales, las anteriores y las actuales.
Pese a la normativa vigente
(Ley Provincial Nº 5.323 de “Defensa Civil”, el Decreto reglamentario de la
misma Nº 1.724/73, las Ordenanzas Nº 496/03 del 22/08/2.003 y 943/14 17/02/2.014)
y a la existencia de fondos destinados para tal fin, en Urdinarrain no existe un protocolo
de emergencia ante lo que sería un evento de grandes dimensiones como los mencionados precedentemente y no hay plan para coordinar, si esto ocurriera, el traslado o la asistencia a
los heridos, ni para ordenar el
trabajo entre los medios con que disponen el hospital “Manuel Belgrano”, los
bomberos voluntarios de Urdinarrain, las ambulancias privadas locales, y eventualmente
los recursos con que cuentan los centros de salud de Aldea San Antonio,
Gilbert, Parera, o las demás ciudades vecinas. En el medio del caos que se
produciría solo algunos tendrían la suerte de ser derivados al nosocomio de
Gualeguaychú y/o algún otro centro médico privado. Mientras tanto el personal de salud y los bomberos asistirían impotentes al dolor,
sufrimiento (y muerte) de personas a las que no podrían atender con la premura
que la situación demandaría. Porque lo lógico sería que todos los efectores
de salud, sumándole bomberos, policías y personal municipal afectado conocieran un triage básico, para organizar el caos
inicial y poder trasladar a las víctimas con un esquema como el siguiente: 1. Rojo (máxima prioridad), 2. Amarilla (requiere
atención rápida), 3. Verde (no precisa atención inmediata), y 4. Negra
(paciente muerto).
Esto ya se vio aquella noche en que la camioneta chocó al auto con los gurises de la Aldea San Antonio, cuando los chicos heridos esperaron más de media hora sentados o tirados en el suelo que les llegara su turno para ser trasladados al hospital. Sus padres, en un acto desesperado, llamaran a una ambulancia privada, porque el hospital en ese momento contaba con una sola unidad para traslado. Fue una noche horrible, no solo por el chico fallecido, sino porque el personal del hospital –tan vapuleado por algunos “periodistas” y por gente desinformada– trabajó incansablemente, más allá de sus posibilidades, con médicos y enfermeros que acudieron a cumplir con su deber, aunque no era su horario de trabajo. La única consecuencia “positiva” de ese día, fue que a partir de entonces TODAS las cámaras de seguridad del municipio comenzaron a funcionar y a grabar, como debió ser siempre.
En
el año 2.014, mientras mi hijo vivía en pleno centro de Campana (Bs. As.), nos
llamó un sábado a las 7:30 para decirnos que estaba descompuesto, y necesitaba
que le indiquemos adonde ir a atenderse, ya que nunca había necesitado de un médico, ni usado la obra social. Fue
entonces que le sugerimos, su madre y yo, que llame un remis y vaya a la
clínica “Delta”, ubicada a pocas cuadras de su departamento. Al llegar a dicha clínica vio un gran movimiento de
ambulancias y enfermeras que corrían, por lo que se dirigió a la guardia y
explicó el motivo de su presencia. Allí le dijeron que no podían atenderlo
–porque su cuadro no era grave– y que se había activado el protocolo de
emergencia ante el choque entre dos micros en la Panamericana, por lo que
estaban aguardando la llegada de los heridos y en ese momento no tenían una
dimensión de la situación a la que deberían enfrentarse. Amablemente le
pidieron que vuelva más tarde, cerca del mediodía, que con todo gusto lo iban a
atender. Horas después supimos, a través
de los medios, que el accidente solo provocó heridos leves, pero nos sirvió
para mostrarnos como una ciudad con casi 100 mil habitantes, con un hospital
público importante y varias clínicas privadas, desde hace más de 10 años está
preparada para afrontar un accidente de grandes dimensiones.
En
el orden local recuerdo un grave choque que ocurrió en Escriña hace unos 15
años, con varios heridos de gravedad, un domingo a la tardecita. Nosotros
escuchamos las sirenas y después, como es común acá, supimos por radio
“Cristal” los detalles de la colisión entre dos autos, en la que se vio
afectada una familia. Más tarde, cuando fuimos a buscar a Olga, mi madre, que
era enfermera del hospital “M. Belgrano”, ella nos contó que varias de sus
compañeras supieron del accidente y decidieron ir antes de su horario a cubrir
sus puestos de trabajo por solidaridad con sus compañeros, porque sabían que a las
20:00 se servía la cena, ya que a las 21:00 era el cambio de turno. Y la
llegada de 5 o 6 heridos iba a desbordar el trabajo de todo el hospital, como
finalmente ocurrió, porque ese es el límite de atenciones de emergencias que
pueden atender. Imaginemos que hubiese pasado con un choque de otra magnitud.
Sr.
Presidente municipal, es urgente elaborar un protocolo de emergencia, donde
estén coordinados todos los servicios con que cuenta la ciudad, a fin de
optimizar los recursos. Es preciso tener en claro cuantas ambulancias hay
disponibles, para lo inmediato y lo mediato, saber con exactitud a cuantas
personas se podrían atender para las primeras curaciones, con cuantas camas se
cuenta y todo el personal de salud, público y privado, debe estar preparado para
correr en forma coordinada, en una sola dirección, previamente establecida.
Para eso se le paga a Walter Perovich, el jefe del cuartel de Bomberos
Voluntarios de Urdinarrain.
Antes
de escribir esto consulté con César Fernandez (Prevenir Servicios), con ván Leichner
(Cochería Colonial), con gente del Sanatorio Urdinarrain y con Rodolfo Nery
(Director del hospital local). Todos coincidieron en confirmar que no existe un
protocolo de emergencia ante un evento de gravedad donde estén involucradas
decenas de personas, y que nunca fueron convocados para planificarlo.
Ahora,
cada vez que escuchen la sirena de los bomberos, los vecinos de Urdinarrain, recuerden
que los que nos tienen que cuidar, no han hecho lo suficiente, a pesar que cobran
para eso. Y las escenas de terror que se ven en la TV o en el cine, se pueden volver realidad.
Ariel E. Martínez - Prof. de Historia & Abogado
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