sábado, 12 de agosto de 2023

Protocolo

Cada vez que escuchamos la sirena de los bomberos, aquellos que vivimos en Urdinarrain nos angustiamos pensando en nuestros seres queridos; y cuando podemos establecer que es “algo que le ocurrió a otros” nuestra angustia empieza a bajar, hasta que en algún momento, bien de chusmas de pueblo, nos enteramos de lo que pasó realmente, algunas veces con noticias trágicas, y otras, la mayoría, solo con daños materiales.

Pero si un día cualquiera ocurriera un accidente o siniestro de grandes dimensiones en Urdinarrain, como podrían ser un choque de micros llenos de pasajeros, un derrumbe en una escuela o un incendio en un espacio donde asisten más de 100 personas, es muy probable que muchas de ellas morirían por la falta de atención médica adecuada y/o por la demora en recibir la ayuda en el tiempo y en la forma en que lo necesitarían. Y no sería culpa de los profesionales de la salud del hospital local o por la falta de equipamiento adecuado, ni tampoco de los bomberos o la policía, sino la exclusiva responsabilidad de las autoridades municipales, las anteriores y las actuales.


Pese a la normativa vigente (Ley Provincial Nº 5.323 de “Defensa Civil”, el Decreto reglamentario de la misma Nº 1.724/73, las Ordenanzas Nº 496/03 del 22/08/2.003 y 943/14 17/02/2.014) y a la existencia de fondos destinados para tal fin, en Urdinarrain no existe un protocolo de emergencia ante lo que sería un evento de grandes dimensiones como los mencionados precedentemente y no hay plan para coordinar, si esto ocurriera, el traslado o la asistencia a los heridos, ni para ordenar el trabajo entre los medios con que disponen el hospital “Manuel Belgrano”, los bomberos voluntarios de Urdinarrain, las ambulancias privadas locales, y eventualmente los recursos con que cuentan los centros de salud de Aldea San Antonio, Gilbert, Parera, o las demás ciudades vecinas. En el medio del caos que se produciría solo algunos tendrían la suerte de ser derivados al nosocomio de Gualeguaychú y/o algún otro centro médico privado. Mientras tanto el personal de salud y los bomberos asistirían impotentes al dolor, sufrimiento (y muerte) de personas a las que no podrían atender con la premura que la situación  demandaría. Porque lo lógico sería que todos los efectores de salud, sumándole bomberos, policías y personal municipal afectado conocieran un triage básico, para organizar el caos inicial y poder trasladar a las víctimas con un esquema como el siguiente: 1. Rojo (máxima prioridad), 2. Amarilla (requiere atención rápida), 3. Verde (no precisa atención inmediata), y 4. Negra (paciente muerto).


Esto ya se vio aquella noche en que la camioneta chocó al auto con los gurises de la Aldea San Antonio, cuando los chicos heridos esperaron más de media hora sentados o tirados en el suelo que les llegara su turno para ser trasladados al hospital. Sus padres, en un acto desesperado, llamaran a una ambulancia privada, porque el hospital en ese momento contaba con una sola unidad para traslado. Fue una noche horrible, no solo por el chico fallecido, sino porque el personal del hospital –tan vapuleado por algunos “periodistas” y por gente desinformada– trabajó incansablemente, más allá de sus posibilidades, con médicos y enfermeros que acudieron a cumplir con su deber, aunque no era su horario de trabajo. La única consecuencia positiva de ese día, fue que a partir de entonces TODAS las cámaras de seguridad del municipio comenzaron a funcionar y a grabar, como debió ser siempre.

En el año 2.014, mientras mi hijo vivía en pleno centro de Campana (Bs. As.), nos llamó un sábado a las 7:30 para decirnos que estaba descompuesto, y necesitaba que le indiquemos adonde ir a atenderse, ya que nunca había necesitado de un médico, ni usado la obra social. Fue entonces que le sugerimos, su madre y yo, que llame un remis y vaya a la clínica “Delta”, ubicada a pocas cuadras de su departamento. Al llegar a dicha clínica vio un gran movimiento de ambulancias y enfermeras que corrían, por lo que se dirigió a la guardia y explicó el motivo de su presencia. Allí le dijeron que no podían atenderlo –porque su cuadro no era grave y que se había activado el protocolo de emergencia ante el choque entre dos micros en la Panamericana, por lo que estaban aguardando la llegada de los heridos y en ese momento no tenían una dimensión de la situación a la que deberían enfrentarse. Amablemente le pidieron que vuelva más tarde, cerca del mediodía, que con todo gusto lo iban a atender. Horas después supimos, a través de los medios, que el accidente solo provocó heridos leves, pero nos sirvió para mostrarnos como una ciudad con casi 100 mil habitantes, con un hospital público importante y varias clínicas privadas, desde hace más de 10 años está preparada para afrontar un accidente de grandes dimensiones.

En el orden local recuerdo un grave choque que ocurrió en Escriña hace unos 15 años, con varios heridos de gravedad, un domingo a la tardecita. Nosotros escuchamos las sirenas y después, como es común acá, supimos por radio “Cristal” los detalles de la colisión entre dos autos, en la que se vio afectada una familia. Más tarde, cuando fuimos a buscar a Olga, mi madre, que era enfermera del hospital “M. Belgrano”, ella nos contó que varias de sus compañeras supieron del accidente y decidieron ir antes de su horario a cubrir sus puestos de trabajo por solidaridad con sus compañeros, porque sabían que a las 20:00 se servía la cena, ya que a las 21:00 era el cambio de turno. Y la llegada de 5 o 6 heridos iba a desbordar el trabajo de todo el hospital, como finalmente ocurrió, porque ese es el límite de atenciones de emergencias que pueden atender. Imaginemos que hubiese pasado con un choque de otra magnitud.

Sr. Presidente municipal, es urgente elaborar un protocolo de emergencia, donde estén coordinados todos los servicios con que cuenta la ciudad, a fin de optimizar los recursos. Es preciso tener en claro cuantas ambulancias hay disponibles, para lo inmediato y lo mediato, saber con exactitud a cuantas personas se podrían atender para las primeras curaciones, con cuantas camas se cuenta y todo el personal de salud, público y privado, debe estar preparado para correr en forma coordinada, en una sola dirección, previamente establecida. Para eso se le paga a Walter Perovich, el jefe del cuartel de Bomberos Voluntarios de Urdinarrain.


Antes de escribir esto consulté con César Fernandez (Prevenir Servicios), con ván Leichner (Cochería Colonial), con gente del Sanatorio Urdinarrain y con Rodolfo Nery (Director del hospital local). Todos coincidieron en confirmar que no existe un protocolo de emergencia ante un evento de gravedad donde estén involucradas decenas de personas, y que nunca fueron convocados para planificarlo.

Ahora, cada vez que escuchen la sirena de los bomberos, los vecinos de Urdinarrain, recuerden que los que nos tienen que cuidar, no han hecho lo suficiente, a pesar que cobran para eso. Y las escenas de terror que se ven en la TV o en el cine, se pueden volver realidad.

Ariel E. Martínez - Prof. de Historia & Abogado

 


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