En el Apocalipsis,
capítulo 3, versículos 15 y 16, Jesucristo dirige una de sus advertencias más
severas a la Iglesia de Laodicea: «Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni
caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío
ni caliente, te vomitaré de mi boca». Laodicea era una ciudad próspera del Asia
Menor romana. Según el relato bíblico, Juan recibió la revelación del Cristo
resucitado, quien reprendió a una comunidad satisfecha de sí misma, convencida
de su riqueza y autosuficiencia, incapaz de reconocer su propia pobreza
espiritual. La tibieza era el resultado de aquella complacencia, una
tranquilidad de conciencia adquirida a fuerza de convivir cómodamente con las
contradicciones, aceptar lo que debería provocar vergüenza y terminar considerando
normal aquello que alguna vez habría resultado intolerable.-
Siglos antes, Platón había
reflexionado sobre las dificultades que enfrenta una sociedad al elegir a sus
gobernantes. En La República imaginó una embarcación cuyos tripulantes
se disputaban el timón mientras despreciaban a quien verdaderamente conocía el
arte de navegar. Los aspirantes al mando competían por imponerse sobre los
demás, aunque carecieran de los conocimientos necesarios para conducir la nave.
Para Platón, gobernar exigía sabiduría, virtud, prudencia y conocimiento del
bien común. El filósofo desconfiaba especialmente de los demagogos capaces de
conquistar multitudes mediante la persuasión, la apariencia y la explotación de
sus emociones. Su pensamiento admite numerosas objeciones desde nuestra
concepción moderna de la democracia, pero conserva una advertencia difícil de
ignorar en tanto la voluntad popular confiere legitimidad democrática, aunque
jamás garantiza por sí sola las cualidades necesarias para gobernar.-
EL ESPÉCIMEN QUE GOBIERNA
Javier Gerardo Milei salió de
los estudios de televisión, donde durante años se dedicó a gritar, insultar y
protagonizar espectáculos bochornosos que terminaron convirtiéndolo en una
celebridad. Su aparición reunía todos los ingredientes necesarios para alimentar
el morbo televisivo: una estética espantosa, modales de patotero, una
arrogancia descomunal y esa curiosa costumbre de confundir el volumen de la voz
con la solidez de los argumentos. Discutía de “economía” como quien busca pelea
a la salida de un boliche, descalificando a cualquiera que se atreviera a
contradecirlo. Las cámaras lo adoraban, los programas repetían sus exabruptos y
buena parte del periodismo descubrió que aquel personaje grotesco —y repulsivo—
resultaba extraordinariamente rentable. Los mismos medios que contribuyeron a
fabricarlo terminarían escandalizados por las groserías del monstruo que habían
ayudado a engendrar.-
Ya entonces había dado muestras
suficientes de su concepción de la inteligencia. En una intervención televisiva
comparó al Estado con «un pedófilo en un jardín de infantes», imaginando a los
niños encadenados y bañados en vaselina. En otra oportunidad aseguró que
prefería a la mafia antes que al Estado porque los mafiosos tenían códigos,
cumplían sus compromisos y competían. Cuando le preguntaron sobre la
compraventa de órganos humanos, respondió con una naturalidad escalofriante:
«Es un mercado más». Y cuando el interrogante avanzó hacia la posibilidad de
vender niños, encontró necesario introducir consideraciones filosóficas antes
de contestar: «No, depende». Después especuló con que semejante discusión
podría plantearse dentro de doscientos años. Finalmente aclaró que se oponía a
vender criaturas, conclusión a la que consiguió arribar después de un rodeo
intelectual tan innecesario como repugnante. Cuesta imaginar qué clase de
razonamiento puede conducir a semejante individuo a examinar la
comercialización de un niño con la misma desenvoltura con la que se discute el
precio de una bolsa de papas.-
La obscenidad continuó siendo
uno de sus recursos predilectos una vez instalado en la Presidencia. En Davos,
frente a representantes políticos y empresariales de todo el mundo, calificó a
la cultura woke como un «cáncer que hay que extirpar» y vinculó lo que
denominaba ideología de género con el abuso infantil, utilizando el crimen
cometido por una pareja homosexual estadounidense para sostener una
generalización absolutamente injustificada. La ligereza de semejantes
asociaciones contrasta con la gravedad de sus consecuencias. Sin embargo, el
mandatario parece encontrar un oscuro placer en pronunciar barbaridades cuanto
mayor sea la repercusión internacional. La palabra presidencial, que debería
emplearse con especial responsabilidad, termina convertida en una sucesión de
provocaciones que alimentan adhesiones fanáticas y enfrentamientos cada vez más
degradantes.-
Su desprecio por quienes lo
contradicen constituye otra de sus características más reconocibles.
Periodistas, economistas, legisladores y adversarios políticos han sido
tratados como mandriles, ratas, ensobrados, basura humana y lacra inmunda.
Llegó a afirmar que «los periodistas son históricamente las prostitutas de los
políticos» y reclamó que se los odiara todavía más. En mayo de 2025, durante
una transmisión de streaming, preguntó entre risas si tenían preparada la lista
de periodistas que debía meter presos. El espectáculo contaba con la presencia
complaciente de integrantes de su gobierno. Resulta difícil encontrar
antecedentes de un presidente argentino tan dedicado a convertir el agravio
personal en una actividad cotidiana. Aquello que en cualquier otro funcionario
podría provocar un escándalo termina siendo celebrado por sus seguidores como
una demostración de autenticidad. La vulgaridad adquirió categoría de virtud y
la grosería pasó a confundirse con el coraje.-
Pero la representación de Milei
alcanza sus momentos más grotescos cuando pretende exhibir una genialidad que,
según parece, el resto de los mortales somos incapaces de comprender. Llegó a
proclamar que su espacio era superior moral y estéticamente a sus adversarios,
una declaración risible en alguien que parece haberse vestido durante años bajo
la influencia de algún productor de televisión de la década del noventa.
También se presentó disfrazado como el General AnCap, un superhéroe
anarcocapitalista provisto de antifaz y tridente, cuya misión consistía en
combatir a los keynesianos. Ya como presidente se definió como un topo
infiltrado en el Estado para destruirlo desde adentro y se comparó con
Terminator, proveniente de un futuro apocalíptico para combatir al socialismo.
En otro episodio sostuvo que su perro Conan había sido mejor consejero político
que reconocidos consultores. La combinación de superhéroes imaginarios, perros
asesores, misiones mesiánicas y fantasías de destrucción compone un universo
verdaderamente extraordinario para quien ocupa la máxima magistratura de un
país.-
La autoproclamada superioridad
intelectual del personaje sufrió, además, algunos tropiezos bastante
embarazosos. En su libro Pandenomics fueron identificados fragmentos
prácticamente idénticos a los publicados años antes por tres investigadores
mexicanos, quienes denunciaron la apropiación de su trabajo. Las comparaciones
exhibieron pasajes reproducidos sin la atribución correspondiente. Otros
episodios pusieron bajo examen la originalidad de sus publicaciones y hasta los
antecedentes académicos que figuraban en la presentación editorial de uno de
sus libros. Resulta especialmente grotesco que alguien tan acostumbrado a
tratar a sus críticos como ignorantes haya debido enfrentar semejantes
cuestionamientos sobre el rigor de su propia producción intelectual. La figura
del economista iluminado, llamado a corregir los errores de toda la humanidad,
pierde bastante solemnidad cuando aparecen científicos reclamando el
reconocimiento de las páginas que escribieron.-
A semejante repertorio se añadió
su transformación en cantante de rock, con camperas de cuero, movimientos
ampulosos, rugidos y recitales multitudinarios donde funcionarios y dirigentes
partidarios terminaron convertidos en una suerte de banda de acompañamiento. Se
apropió políticamente de Panic Show, de La Renga, pese al rechazo
expreso de sus autores, que lo describieron como un «disfrazado de amigo
hablando de la libertad». El león, la motosierra, las canciones modificadas,
los abrazos sobreactuados y las escenografías grandilocuentes fueron completando
una estética profundamente grasa, a medio camino entre una fiesta de disfraces
y la fantasía de una estrella de rock frustrada. En uno de sus espectáculos,
después de cantar y arengar durante horas, anunció que necesitaba higienizarse
y volver a vestirse de presidente. Pocas expresiones podrían sintetizar mejor
el disparate: el propio jefe de Estado parecía reconocer que había pasado buena
parte de la jornada representando otra cosa.-
Y mientras se pavonea como
enemigo de los poderosos, gobierna rodeado de dirigentes que acumulan décadas
dentro de la política y del poder económico. La casta, aquella organización
supuestamente responsable de todos los males nacionales, resultó bastante menos
despreciable cuando algunos de sus integrantes aceptaron incorporarse al
gobierno. El pretendido revolucionario terminó acompañado por figuras conocidas
de administraciones anteriores, demostrando que su anunciada cruzada contra los
privilegios admitía excepciones extraordinariamente convenientes. Todo ello
mientras las redes sociales continúan alimentando una caricatura de superhéroe
libertario, con imágenes artificiales, leones, espadas y fantasías de
omnipotencia destinadas a una audiencia que parece haber renunciado a
distinguir la política de un videojuego.-
Después de semejante desfile de
obscenidades, insultos, actuaciones ridículas, contradicciones y pretensiones
intelectuales, resulta comprensible que aparezcan calificativos como imbécil,
infradotado, lobotomizado, desequilibrado o repulsivo. Son expresiones de una
indignación que recurre a la exageración satírica frente a un personaje que
parece empeñado en superar cualquier caricatura. Bastaría repasar sus
declaraciones para comprender el desprestigio que, a juicio de este humilde
redactor, representa la figura pública de aquel. Un espécimen ordinario,
arrogante y profundamente desagradable, cuya principal contribución a la vida
política argentina ha consistido en elevar la grosería a la categoría de
espectáculo presidencial.-
El inconveniente es que este
cacuija, surgido de las pantallas y consagrado por una industria que encontró
un negocio formidable en sus desbordes, terminó convirtiéndose en presidente de
la República Argentina. Ahora, mientras canta, insulta, ruge y se entretiene
agraviando a sus adversarios, también firma decretos, veta leyes, administra
recursos públicos y toma decisiones que afectan a millones de personas. Detrás
de sus actuaciones aparecen los jubilados, los trabajadores, las personas con
discapacidad, los recursos naturales y los escándalos que alcanzaron a
integrantes de su gobierno. Ese es el verdadero costo de haber transformado un
personaje grotesco en autoridad institucional: el espectáculo continúa, pero
sus consecuencias las paga todo un país. Los casos de corrupción que
comprometen a integrantes de su gobierno, su inhabilidad moral, la falta de estética
para representar a la Nación y la doble vara —ese doble estándar que condena en
unos lo que justifica en otros— merecen un análisis más detenido, del que nos
ocuparemos en otra publicación.-
Lo más inquietante es que los
argentinos hemos terminado acostumbrándonos a semejante colección de miserias.
Después de tantos años de insultos, obscenidades, gritos y espectáculos
bochornosos, el disparate comenzó a formar parte de nuestra vida cotidiana.
Cada nueva barbaridad desplaza a la anterior, las redes sociales la convierten
en entretenimiento y el escándalo se disuelve antes que podamos terminar de
comprenderlo. La repetición ha ido anestesiando nuestra capacidad de asombro.
Aquello que, protagonizado por cualquier otro presidente, habría provocado un
terremoto político, se acepta ahora como otra extravagancia de Milei. Y así,
entre memes, aplausos y resignación, terminamos concediéndole al mandatario una
licencia para comportarse como un energúmeno que difícilmente le toleraríamos a
cualquier otra persona.-
Su reciente visita a España
permitió comprobar hasta qué punto habíamos naturalizado semejante
comportamiento. Milei desembarcó en Madrid y calificó a Pedro Sánchez de
«impresentable dictador», mientras recorría libremente las calles de la capital
española insultando al presidente del supuesto régimen dictatorial. A una
periodista que le formuló una pregunta incómoda le atribuyó una visión propia
de «gente corta intelectualmente»; a otro cronista, que lo interrogó sobre las
dificultades económicas de los argentinos, le respondió: «Amo tu corazón, pero
no puedo respetar tu cerebro». Entre agravios, abrazos efusivos con Isabel Díaz
Ayuso y una videollamada con Santiago Abascal, que se encontraba en otra
ciudad, volvió a desplegar su conocido repertorio de prepotencia y vulgaridad.
Pero esta vez encontró una prensa que todavía conservaba la capacidad de
escandalizarse. El diario El País llegó a dedicarle un editorial
titulado «Inaceptable Milei», mientras otros medios españoles cuestionaban sus
descalificaciones. Aquello que aquí contemplamos con el cansancio de quien ya
conoce de memoria todos los papelones, del otro lado del Atlántico todavía
provocaba estupor. Hemos necesitado que los españoles nos devuelvan nuestra
propia vergüenza.-
CON ESTA ME CANCELAN
Otro argentino supo realmente
conquistar España y trascender ampliamente las fronteras de nuestro país. Se
trata del Gaspi, un muchacho que había construido su popularidad insultando
desconocidos, haciendo preguntas obscenas y protagonizando situaciones tan
descabelladas como desopilantes. En 2025 participó de La Velada del Año V, el
multitudinario espectáculo organizado por Ibai Llanos, donde terminó perdiendo
por nocaut técnico frente al español Perxitaa. También fue invitado al podcast The
Wild Project, donde conversó más de dos horas, y compartió transmisiones
con El Rubius, a quien llegó a besar sorpresivamente durante una transmisión en
directo. A esas alturas, aquel personaje que recorría las calles de Buenos
Aires, vestido de traje y corbata, había conseguido convertirse en un fenómeno
internacional. Millones de personas conocían sus videos y buena parte de los
creadores más importantes del mundo hispanohablante celebraban sus
ocurrencias.-
Pero ¿quién carajo fue el Gaspi
y cómo había conseguido semejante reconocimiento?
Gaspar Prim Díaz había inventado
durante su adolescencia una suerte de periodista degenerado, con un micrófono
destartalado, voz impostada y una capacidad extraordinaria para decir la peor
barbaridad posible en el momento menos indicado. Su aparición era
inconfundible: aquel «Bueeeeeenas», el traje desprolijo, la corbata, los pies
descalzos —y obviamente sucios— y una expresión de absoluta seriedad
mientras se acercaba a desconocidos para arruinarles la tranquilidad. Podía
preguntar cualquier estupidez, interpelar a alguien por su aspecto físico o
sostener una conversación aparentemente normal hasta introducir una obscenidad
completamente inesperada. La gracia estaba en las reacciones: algunos se
descostillaban de risa, otros quedaban paralizados y más de uno terminaba
amenazándolo con cagarlo bien a trompadas. Mientras tanto, Gaspi seguía
actuando como si absolutamente nada extraordinario estuviera sucediendo.-
Quienes conocieron sus videos
difícilmente puedan olvidar El guitarrista HDP, donde musicalizaba las mayores
atrocidades mientras se acercaba a personas que caminaban tranquilamente por la
calle. «Señora, señora, señora, le va a explotar la cara», cantaba frente a una
mujer completamente desconcertada. A otra persona le echaba en cara su
movilidad: «Qué lindo es caminar, yo camino y vos no». Podía detenerse frente a
una pareja y comenzar a cantar «Qué buena está tu jermu», mientras el marido
pasaba de la sorpresa a la indignación. «Miralo, miralo, miralo», repetía
señalando a cualquier desprevenido que tuviera la desgracia —o la
suerte— de cruzarse en su camino. El absurdo consistía en convertir
agravios gratuitos en pequeñas composiciones musicales, interpretadas con el
entusiasmo de quien cree estar ofreciendo un recital extraordinario.-
En otra brutal escena se acercó
a un chofer de colectivos y le dedicó una canción sobre un «gordo que maneja el
bus escolar», para terminar acusándolo, dentro de aquella ficción grotesca, de
ser un pedófilo. El hombre esperaba escuchar una canción de amor y recibía
semejante disparate. En otra oportunidad ingresaba a una heladería para
preguntar si quedaba «helado gusto a pija», insistiendo con absoluta
naturalidad ante el desconcierto de los empleados. La situación terminaba con
uno de los trabajadores echándolo del establecimiento y amenazándolo con
tirarlo debajo de un colectivo. Gaspi volvería posteriormente con varios de sus
seguidores para bancar la parada y corear el pedido que había originado el
conflicto. Uno debe apreciar esas escenas para comprender y dimensionar la
perfecta combinación de insolencia, descaro y el extraordinario sentido de la
oportunidad del remate que conseguía sostener este prócer del humor
argentino.-
Su repertorio incluía
situaciones todavía más delirantes. Llegó a vestirse de mujer para intentar
seducir a un anciano, a disfrazarse de policía para representar una pelea que
terminaba con un beso entre dos hombres corpulentos y a ingresar a una iglesia
para preguntarle a un sacerdote si todos los curas eran pedófilos. También
recorría espacios públicos inventando acusaciones absurdas, burlándose de los
desconocidos y provocando situaciones cuyo desenlace resultaba absolutamente
imprevisible. Muchas veces parecía estar a segundos de recibir una trompada. Y
precisamente ahí aparecía lo mejor del personaje: la capacidad de sostener una
provocación hasta sus últimas consecuencias, cuando cualquier persona razonable
ya habría pedido disculpas y salido corriendo.-
Con una frase que resumía su
relación con las reglas de las plataformas y con la sensibilidad de sus
espectadores, Gaspi anticipó: «Con esta me cancelan». Sabía perfectamente que
sus bromas podían resultar ofensivas, crueles o directamente insoportables para
determinadas personas. Esa conciencia era parte del espectáculo. A mí me
interesa el humor que se anima a explorar esos lugares, incluso cuando termina
siendo desagradable. El humor negro vive precisamente de la irreverencia, de la
transgresión y de aquello que las convenciones sociales consideran
impronunciable. Gaspi había hecho de esa incomodidad una especialidad y nunca necesitó
disfrazar sus barbaridades de lecciones morales.
Otro de sus videos más
recordados mostraba a Gaspi visitando a una anciana para tomarle medidas con
una cinta métrica y encargar su ataúd. La mujer era Norma, la abuela de su
amigo Lucas, quien participaba voluntariamente de aquella actuación. La escena generó
acusaciones de crueldad entre quienes creyeron que estaba burlándose de una
persona indefensa. Tiempo después explicó quién era esta señora y cómo habían
construido juntos aquel disparate. Lo notable era que incluso una mujer anciana
podía convertirse en cómplice de una broma macabra que desafiaba todas las
convenciones sobre la vejez y la muerte. En uno de aquellos intercambios, Norma
llegó a bromear con la posibilidad que Gaspi muriera antes que ella. La
ocurrencia, que entonces provocaba carcajadas, terminaría adquiriendo un
significado tan absurdo como doloroso.-
La popularidad de Gaspi había
crecido de manera desproporcionada respecto de la cantidad de videos que
publicaba. Algunos fueron eliminados de YouTube y circularon después mediante
copias conservadas por sus seguidores. En 2022 recibió el premio al youtuber
del año en los Coscu Army Awards, donde se besó apasionadamente con Rodrigo
Pereira, el gordo que fuma. Sus videos contenían frases que se repetían entre
amigos, escenas que uno podía mirar veinte veces y seguir encontrando
graciosas, y personajes secundarios tan estrafalarios como él. Todo parecía
improvisado, aunque detrás existía una elaboración mucho más compleja: Gaspi
había pasado años perfeccionando la voz, la gestualidad, los silencios y
aquella expresión imperturbable que convertía una obscenidad en una escena de
comedia.-
Su desaparición temporal de
YouTube y posterior regreso permitieron conocer otra faceta de Gaspar. En La
vuelta de Gaspi habló de los excesos, del consumo de estupefacientes, de
las dificultades personales que había atravesado y de su relación cada vez más
complicada con el personaje que había creado. Había dedicado tantos años a
construirlo que terminó preguntándose quién era él mismo. Era fanático de Andy
Kaufman, de Cha Cha Chá y de Todo por dos pesos, referentes que
ayudan a comprender su fascinación por el absurdo, la provocación y esas
situaciones en las que el espectador ya no sabe si lo están cargando. También
admiraba a Charly García, Spinetta y Virus, que para él era la mejor banda.
Detrás de aquel personaje había una curiosidad artística enorme, una
personalidad compleja y muchas más inquietudes de las que sus videos dejaban
entrever.-
Su participación en España
confirmó que el personaje podía funcionar fuera del ambiente donde había
nacido. Gaspi había llevado su humor a una audiencia internacional y comenzaba
a interesarse por producciones más complejas. En mayo de 2026 estrenó Gaspi
visita tu hogar, una serie de entrevistas ficcionalizadas donde conocía a
personajes excéntricos y trasladaba su habitual incomodidad callejera a un
formato audiovisual mucho más elaborado. Los primeros capítulos mostraban sus
visitas a un poeta de José C. Paz y a un cazador de Saladillo. La producción
incorporaba actuaciones, recursos cinematográficos y situaciones cuidadosamente
construidas, aunque conservaba intacta aquella inclinación por introducir
barbaridades donde nadie las esperaba.-
Gaspi tenía apenas veintitrés
años cuando murió el 14 de junio de 2026, en el choque de dos helicópteros
ocurrido en Río de Janeiro. En el mismo accidente falleció Lucas Vignale, su
compañero de trabajo y uno de los responsables de aquella nueva etapa audiovisual.
La noticia resultó brutal porque ambos estaban desarrollando proyectos que
acababan de comenzar. Gaspi había trascendido la Argentina, se había ganado el
reconocimiento de figuras internacionales y estaba experimentando nuevas formas
de hacer humor. Tenía una carrera entera por delante y millones de barbaridades
que todavía no había llegado a inventar.-
Hay un fragmento de El
guitarrista HDP que, después de su muerte, resulta imposible escuchar de la
misma manera. Mientras recorría las calles insultando desconocidos, Gaspi se
burlaba de una persona mayor cantándole que a ella le quedaba poca vida y a él
no. Era otra provocación monumental, deliberadamente cruel, que funcionaba
precisamente por lo absurda y desubicada. La vida terminó encargándose de
producir una ironía mucho más despiadada que cualquiera de sus bromas. Aquel
pibe que se reía del fin de la existencia del ser humano, que andaba descalzo
preguntando obscenidades y que había convertido el mal gusto en un espectáculo
visto por millones de personas, murió a los veintitrés años, cuando su carrera
estaba en plena expansión.-
EL VERDADERO CORTE
«Cuando yo me muera, ahí va a
ser el verdadero: Corte», escribió Gaspi en marzo de 2021. Cinco años después
murió a los veintitrés años, cuando comenzaba a desarrollar una obra que ya
trascendía al personaje que lo había hecho famoso. Su carrera estaba en plena
expansión. Tenía películas por hacer, personajes por inventar y miles de
ocurrencias que nunca llegaremos a conocer. Es difícil imaginar qué habría sido
de aquel artista dentro de diez o veinte años. Más difícil todavía aceptar que
nunca podremos averiguarlo. Si Gaspi hubiera escrito el desenlace de esta
historia, seguramente alguien le habría dicho que se había ido demasiado al
carajo.-
Mientras tanto, la República
Argentina continúa presidida por Javier Gerardo Milei. Un individuo que se
disfraza de superhéroe, se compara con Terminator y pretende impartir lecciones
de superioridad intelectual mientras arrastra cuestionamientos por la originalidad
de sus propias publicaciones. Podría ser el protagonista de una comedia, si
detrás de sus actuaciones no existieran las responsabilidades propias de la
Presidencia. Mientras se entretiene insultando adversarios, alimentando enfrentamientos
y generando conflictos diplomáticos con potencias extranjeras, su gobierno toma
decisiones sobre las jubilaciones, el trabajo, la salud, los derechos de las
personas con discapacidad y los recursos naturales de nuestro país.-
La muerte se llevó a un pibe que
había conseguido hacer felices a tantas personas, precisamente cuando empezaba
a descubrir hasta dónde podía llegar su talento. Sus videos seguirán provocando
carcajadas, incluso entre quienes ya conocemos de memoria cada una de sus
barbaridades. En lo que a nosotros respecta, seguimos soportando las
actuaciones de un presidente que ha contribuido a instalar el insulto, la
humillación y el desprecio en el centro de la vida pública. Y lo verdaderamente
indignante es que, mientras millones de argentinos padecen dificultades
económicas, privaciones e incertidumbre, quien debería ocuparse de sus
problemas parece encontrar tiempo y entusiasmo suficientes para protagonizar
una nueva provocación. La vulgaridad de Milei sería apenas una extravagancia
personal si no estuviera acompañada por el inmenso poder que le confiere su
investidura. Sus palabras pueden alimentar el odio; sus decisiones pueden
comprometer derechos, profundizar desigualdades y afectar el destino de
generaciones enteras. Y todo ello ocurre ante una sociedad que parece haber
agotado su capacidad de escandalizarse.-
Hay algo difícil de aceptar en
semejante reparto. Gaspi, que había hecho del humor una forma de expresión
artística, se quedó sin tiempo para desarrollar todo aquello que imaginaba.
Milei, cuyo comportamiento público ha dado motivos suficientes para cuestionar
la degradación del debate político argentino, continúa ejerciendo la máxima
autoridad de la Nación. El primero dejó una obra que todavía nos permite
reírnos; el segundo administra un país en el que demasiadas personas tienen
cada vez menos motivos para hacerlo. Y aunque la muerte jamás haya distinguido
entre los méritos y las miserias humanas, resulta inevitable experimentar
cierta indignación frente a una ironía tan cruel.-
Personalmente, no pretendo
encontrar una explicación racional para semejante desenlace. La muerte carece
de sentido del humor y jamás ha demostrado demasiado interés por la justicia.
Pero después de tantas consideraciones filosóficas, reflexiones religiosas y
agravios políticos, quizás corresponda elevar el reclamo a una autoridad
superior. Porque si existe alguien que administra los destinos humanos,
quisiera saber qué clase de broma de mierda es esta, en la que el humorista se
muere a los veintitrés años y el presidente, que tanto sufrimiento ha
provocado, sigue dando funciones. Y si esto responde a algún misterioso
designio divino, sería conveniente que su autor se dignara a explicarlo: hasta
el mismísimo Gaspi habría considerado que semejante desenlace era una auténtica hija de putez.-
Cierro los ojos una vez más y pienso: Dios, por favor, si estás ahí…
llévate a Milei y devuélvenos al Gaspi.-
Atte. Jerónimo Martínez Feyt
P.D.: ¿Dónde compraste la
peluca, hijo de puta?


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