Un niño de cuatro años puede encontrar en segundos el video que quiere
ver, cambiar de aplicación y permanecer entretenido durante horas. A esa edad,
sin embargo, todavía está aprendiendo a expresarse, controlar sus impulsos,
tolerar frustraciones y relacionarse con otras personas. Muchos padres celebran
la facilidad con la que sus hijos manejan estos dispositivos, sin detenerse
demasiado a considerar qué ocurre durante las horas que pasan utilizándolos. La
infancia es una etapa decisiva para el desarrollo del lenguaje, la memoria, la
atención y las habilidades sociales. También para aprender a resolver
problemas, esperar, jugar y desenvolverse con autonomía. La incorporación
temprana del celular a la vida cotidiana merece, por lo tanto, una discusión bastante
más seria que la habitual disputa familiar por el tiempo de pantalla. Estamos
criando a las personas que dentro de algunos años deberán estudiar, trabajar,
convivir, asumir responsabilidades y participar de la sociedad. ¿Qué sabemos
acerca de las consecuencias que puede tener la exposición prolongada a estos
dispositivos durante su desarrollo?
En Argentina, la encuesta Kids Online 2025, realizada por UNICEF y UNESCO
sobre 5.910 niños, niñas y adolescentes de entre 9 y 17 años, encontró que el
95 % disponía de un celular con acceso a internet. La edad promedio de acceso
al primer teléfono conectado era de apenas 9,6 años, mientras que el 80 %
utilizaba redes sociales todos o casi todos los días. Incluso entre los niños
de 9 a 11 años, el 58 % ya las utilizaba cotidianamente. Otro resultado merece
especial atención: el 46 % de los participantes reconocía algún indicador de
uso problemático, principalmente intentos fallidos de reducir el tiempo
conectado y dificultades escolares que atribuían a la utilización de internet,
celulares o videojuegos.¹ La presencia de estos dispositivos en la infancia es
prácticamente universal, pero su incorporación ha avanzado mucho más rápido que
nuestra comprensión de sus posibles efectos. En numerosos hogares, el teléfono
comenzó a utilizarse como un recurso habitual para entretener a los chicos,
evitar interrupciones y resolver situaciones cotidianas que antes requerían
mayor participación de los adultos.
Las aplicaciones que utilizan nuestros hijos responden a mecanismos
cuidadosamente diseñados. Las plataformas registran qué contenidos miran,
cuáles descartan, cuánto tiempo permanecen frente a cada publicación y qué
temas despiertan mayor interés. Con esa información organizan nuevas
recomendaciones, mientras las notificaciones, la reproducción automática y los
videos breves facilitan continuar conectado. La permanencia del usuario
constituye una parte fundamental del negocio de muchas empresas tecnológicas.
Esta característica adquiere particular importancia durante la infancia y la
adolescencia, cuando todavía se están desarrollando las capacidades necesarias
para controlar impulsos, regular conductas y administrar el tiempo. Un niño
puede aprender rápidamente a utilizar una aplicación sin comprender cómo
funciona ni contar con las herramientas necesarias para controlar su consumo.
Resulta contradictorio que muchos adultos faciliten un acceso prácticamente
ilimitado a estas plataformas y después interpreten la resistencia de sus hijos
a abandonar el teléfono como un simple problema de obediencia.
Las investigaciones sobre desarrollo infantil comenzaron a ofrecer
información relevante. En 2023, JAMA Pediatrics publicó un estudio japonés que
siguió a 7.097 niños y examinó la relación entre el tiempo de exposición a
pantallas al año de edad y su desarrollo posterior. Los investigadores
encontraron que una mayor exposición temprana se asociaba con mayores
probabilidades de presentar retrasos en la comunicación y en la resolución de
problemas a los dos y cuatro años. También identificaron asociaciones con
dificultades en la motricidad fina y las habilidades personales y sociales a
los dos años.² Una investigación australiana publicada en 2024, realizada con
220 familias, examinó otra dimensión del problema: encontró que, a mayor tiempo
de pantalla en niños pequeños, menor era la cantidad de palabras pronunciadas
por los adultos, las vocalizaciones infantiles y los intercambios verbales
entre padres e hijos.³ La adquisición del lenguaje requiere escuchar, observar,
responder y participar en conversaciones. Durante los primeros años, esas
interacciones son fundamentales para el aprendizaje y la comunicación. El
tiempo dedicado a una pantalla puede reducir las oportunidades de practicarlas,
especialmente cuando el teléfono reemplaza sistemáticamente la participación de
los adultos.
El desarrollo infantil también depende del movimiento, la exploración y
el contacto con el entorno. Correr, trepar, dibujar, construir, recortar,
manipular objetos y practicar juegos físicos permiten desarrollar habilidades
motrices, coordinación y autonomía. El juego compartido exige, además, negociar
reglas, aceptar frustraciones, interpretar gestos y resolver conflictos. Son
experiencias que forman parte del aprendizaje cotidiano y que requieren tiempo.
Las investigaciones sobre exposición a pantallas y desarrollo motor presentan
resultados diversos, aunque varios estudios han encontrado asociaciones entre
una utilización prolongada y dificultades en determinadas habilidades. La
cuestión merece atención por una razón concreta: las horas que un niño dedica a
mirar videos o recorrer aplicaciones dejan de estar disponibles para otras
actividades. Si el entretenimiento digital ocupa buena parte de su tiempo
libre, conviene examinar qué oportunidades de movimiento, comunicación,
lectura, creatividad y socialización está desplazando.
En marzo de 2026, JAMA Pediatrics publicó una revisión científica que
reunió 153 estudios longitudinales sobre el uso de medios digitales y el
desarrollo de niños y adolescentes. Los investigadores encontraron asociaciones
generalmente pequeñas, pero consistentes, entre determinadas formas de
utilización y resultados desfavorables en salud mental, comportamiento y
rendimiento académico. El uso de redes sociales se relacionó con mayores
indicadores de depresión, dificultades conductuales, pensamientos autolesivos y
consumo de sustancias, además de una menor percepción positiva de uno mismo.
Los videojuegos mostraron relaciones con comportamientos agresivos, aunque
también aparecieron asociaciones con mejoras modestas en atención y funciones
ejecutivas.⁴ Estas últimas comprenden capacidades esenciales para desenvolverse
cotidianamente: mantener información en la memoria de trabajo, controlar
respuestas impulsivas, organizar acciones y adaptar la conducta a diferentes
circunstancias. Los resultados permiten identificar riesgos específicos y
muestran que las consecuencias varían según la edad, el contenido y las
características de utilización.
Otra investigación de gran alcance fue publicada en octubre de 2026 por
eClinicalMedicine, revista del grupo editorial de The Lancet. Los autores
analizaron 121 revisiones sistemáticas que reunían 2.790 estudios originales y
más de nueve millones de participantes. Entre los niños de hasta diez años, el
tiempo de pantalla se asoció con un desarrollo cognitivo y socioemocional menos
favorable y una menor duración del sueño. En adolescentes y adultos jóvenes, el
uso problemático de medios digitales y redes sociales se relacionó con mayores
probabilidades de presentar dificultades de salud mental, alteraciones del
descanso, menor actividad física y otros problemas de salud.⁵ También se
identificaron resultados favorables vinculados con contenidos educativos, el
acompañamiento de los adultos y determinadas actividades digitales. La revisión
reunió investigaciones de calidad metodológica desigual, pero permitió
identificar patrones que se repiten en numerosos trabajos. El sueño, la
atención, la regulación emocional y las relaciones sociales aparecen entre las
dimensiones más relevantes para comprender las consecuencias de determinados
hábitos digitales.
En Entre Ríos, Ximena Kinderknecht y Vanessa Arán Filippetti,
investigadoras vinculadas con la Universidad Adventista del Plata y el CONICET,
estudiaron a 216 niños de entre 9 y 12 años para examinar las relaciones entre
tiempo de pantalla, funciones ejecutivas, habilidades sociales y rendimiento
académico. Encontraron que los chicos con mayores dificultades en memoria de
trabajo y control inhibitorio obtenían menores calificaciones en Lengua y
Matemática. Al considerar conjuntamente las variables, las funciones ejecutivas
y el nivel socioeconómico tuvieron mayor capacidad para predecir el rendimiento
escolar que las actividades basadas en pantallas.⁶ El resultado permite
comprender la complejidad del aprendizaje y la importancia de considerar las
condiciones familiares, educativas y sociales. Mientras tanto, otro estudio
argentino, elaborado por el Observatorio de Argentinos por la Educación a
partir de las pruebas PISA 2022, encontró que el 54 % de los estudiantes de 15
años declaraba distraerse en todas o casi todas las clases de Matemática por
utilizar dispositivos digitales, mientras que el 46 % manifestaba distraerse
por el uso que hacían sus compañeros. Ambos porcentajes fueron los más elevados
entre los 80 sistemas educativos participantes.⁷ La utilización de teléfonos
durante las clases también puede perjudicar a quienes intentan prestar
atención.
Durante la adolescencia, las redes sociales incorporan otras dificultades
relacionadas con la necesidad de pertenencia, la búsqueda de aprobación y la
comparación permanente con otras personas. La exposición a contenidos sobre
apariencia física, consumo, relaciones personales y estilos de vida forma parte
de la experiencia cotidiana de millones de jóvenes. A esto se suman los
mecanismos que favorecen la consulta reiterada del teléfono, incluso durante el
estudio, las comidas o el descanso. En 2026, una investigación que reunió 51
revisiones científicas sobre uso problemático de videojuegos encontró
estimaciones de prevalencia del trastorno por videojuegos de entre el 6 % y el
10 % en adolescentes y adultos jóvenes, con diferencias según los criterios diagnósticos
y las poblaciones estudiadas. También identificó asociaciones con alteraciones
del sueño y problemas de salud mental.⁸ La pérdida de control sobre el tiempo
conectado, el abandono de actividades, las dificultades para cumplir
obligaciones y los intentos reiterados de reducir el uso sin conseguirlo son
señales que deberían ser reconocidas por las familias y los educadores. La
cantidad de horas frente a una pantalla importa, pero también qué ocurre
durante ese tiempo y cómo repercute en la vida del adolescente.
La responsabilidad de los adultos merece una consideración particular.
Muchos padres desconocen qué contenidos consumen sus hijos, con quiénes
interactúan, cuánto tiempo permanecen conectados y qué actividades están
dejando de realizar. Algunos utilizan el teléfono para mantener entretenidos a
niños pequeños durante períodos prolongados y luego se sorprenden cuando
aparecen dificultades para establecer límites. Otros exigen conductas que ellos
mismos incumplen: interrumpen conversaciones para consultar notificaciones,
utilizan dispositivos durante las comidas y permanecen pendientes de sus
teléfonos mientras comparten actividades familiares. La encuesta de UNICEF y
UNESCO encontró que los adolescentes que informaban una mayor participación de
sus padres en el acompañamiento digital presentaban una menor proporción de
determinadas conductas de riesgo en internet: 29 %, frente al 42 % entre
quienes recibían escasa o ninguna orientación.¹ Las investigaciones disponibles
ofrecen información suficiente para revisar nuestras prácticas de crianza,
prestar atención a las dificultades que pueden aparecer y establecer criterios
sobre la utilización de estos dispositivos. Los chicos necesitan aprender a
convivir con la tecnología, pero también disponer de tiempo para leer, jugar,
conversar, desarrollar su autonomía y relacionarse con otras personas. Quienes
les entregamos los teléfonos tenemos la responsabilidad de conocer qué están
haciendo con ellos y de ocuparnos de las consecuencias.
Fuentes y referencias
1. UNICEF y UNESCO (2025). Niñas, niños y adolescentes conectados.
Encuesta Kids Online Argentina 2025. [Informe
completo](https://www.unicef.org/argentina/informes/kids-online-ninios-ninas-adolescentes-conectados).
2. Takahashi, I., y colaboradores (2023). Screen Time at Age 1 Year and
Communication and Problem-Solving Developmental Delay at 2 and 4 Years. JAMA
Pediatrics, 177(10), 1039-1046. [DOI:
10.1001/jamapediatrics.2023.3057](https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2023.3057).
3. Brushe, M. E., y colaboradores (2024). Screen Time and Parent-Child
Talk When Children Are Aged 12 to 36 Months. JAMA Pediatrics, 178(4), 369-375.
[DOI:
10.1001/jamapediatrics.2023.6790](https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2023.6790).
4. Teague, S., y colaboradores (2026). Digital Media Use and Child Health
and Development: A Systematic Review and Meta-Analysis. JAMA Pediatrics. [DOI:
10.1001/jamapediatrics.2026.0085](https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2026.0085).
5. Padmapriya, N., y colaboradores (2026). Associations of digital media
use with health, behavioural and developmental outcomes in children and
adolescents: an umbrella review and meta-analysis. eClinicalMedicine, 100,
104225. [DOI: 10.1016/j.eclinm.2026.104225](https://doi.org/10.1016/j.eclinm.2026.104225).
6. Kinderknecht, X. y Arán Filippetti, V. (2025). Tiempo en pantallas,
estrato socioeconómico y habilidades ejecutivas y sociales en niños: efectos en
el rendimiento académico. Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina,
71(1), 1-14.
7. Goldin, A. P., Alzú, M. S. y Sáenz Guillén, L. (2025). Celular en el
aula: uso, distracción y aprendizajes. Observatorio de Argentinos por la
Educación. [Informe
completo](https://argentinosporlaeducacion.org/wp-content/uploads/2025/03/Uso-Celular-en-el-aula.pdf).
8. Nagata, J. M., y colaboradores (2026). Overview of systematic reviews
and meta-analyses on problematic video game use and gaming disorder in
adolescents and young adults. eClinicalMedicine, volumen 100.


.jpg)



_page-0001.jpg)