viernes, 30 de octubre de 2026

GADAFI...

...Y LA LIBIA QUE OCCIDENTE PROMETIÓ LIBERAR Y TERMINÓ DESTRUYENDO 

El 23 de septiembre de 2009, Muamar Gadafi llevó un ejemplar de la Carta de las Naciones Unidas al estrado de la Asamblea General. Tenía cuarenta años de gobierno sobre sus espaldas y presidía entonces la Unión Africana. Durante más de una hora y media cuestionó la organización del poder internacional, denunció las intervenciones militares de Estados Unidos y las potencias europeas, exigió reparaciones por el colonialismo y reclamó una reforma profunda del Consejo de Seguridad. Hubo exageraciones, extravagancias y afirmaciones que difícilmente podrían sostenerse con pruebas. También hubo una denuncia política difícil de refutar: el mundo había cambiado enormemente desde 1945, pero cinco países conservaban el privilegio de decidir sobre asuntos que afectaban al resto de la humanidad. Menos de dos años después, tres de esas potencias —Estados Unidos, Francia y Reino Unido— participarían en una operación militar decisiva para derrocarlo. El 20 de octubre de 2011, Gadafi sería capturado con vida y moriría violentamente a manos de combatientes opositores. La intervención extranjera, presentada como una misión humanitaria, terminaría acompañada por el desmoronamiento del Estado libio y una prolongada guerra entre facciones armadas.

La Libia que Gadafi encontró en 1969 arrastraba las consecuencias de una dominación colonial particularmente cruel. Italia había ocupado el territorio en 1911 y combatido la resistencia local mediante deportaciones, ejecuciones y campos de concentración. Omar al-Mukhtar, uno de los principales dirigentes de aquella resistencia, fue ejecutado por las autoridades italianas en 1931. La independencia llegó recién en 1951, bajo una monarquía encabezada por Idris I que mantuvo estrechas relaciones con Estados Unidos y Reino Unido. Ambas potencias conservaron instalaciones militares en el país, mientras las compañías extranjeras adquirían una posición privilegiada en la explotación del petróleo. El descubrimiento de importantes yacimientos durante la década de 1950 transformó rápidamente la economía, aunque sus beneficios se distribuyeron de manera muy desigual. Inspirado por el nacionalismo de Gamal Abdel Nasser, un joven coronel de origen beduino encabezó el golpe militar que terminó con la monarquía el 1 de septiembre de 1969. Su programa prometía independencia económica, recuperación de los recursos naturales, reformas sociales y unidad árabe. La revolución libia surgía de una tradición anticolonial que ya había dado lugar a experiencias semejantes en Egipto, Argelia y otros países de la región.

El petróleo financió buena parte de las transformaciones posteriores. El gobierno renegoció concesiones, incrementó la participación estatal en la industria y desplazó progresivamente el predominio de las empresas extranjeras. Los ingresos petroleros permitieron construir hospitales, escuelas, universidades, viviendas y redes de infraestructura, además de sostener numerosos subsidios y prestaciones sociales. La educación y la atención sanitaria públicas se extendieron a sectores que antes habían tenido dificultades para acceder a esos servicios. Las mujeres ampliaron su participación educativa y laboral, aunque persistieron desigualdades legales y sociales. La prosperidad libia dependía profundamente de los hidrocarburos y de sus precios internacionales, pero la disponibilidad de petróleo jamás garantizó por sí sola una distribución socialmente provechosa de sus ingresos. Gadafi tomó decisiones económicas que modificaron las condiciones de vida de una población que había conocido la pobreza y la subordinación colonial. El país que gobernaba hacia finales de la primera década del siglo XXI era materialmente muy diferente del que había encontrado cuarenta años antes.

Los indicadores internacionales permiten medir parte de esos resultados. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ubicó a Libia en el puesto 53 de su Índice de Desarrollo Humano de 2010, con una esperanza de vida cercana a los 75 años y resultados educativos superiores a los de buena parte del continente africano. La inversión estatal había contribuido a ampliar la alfabetización, mejorar las condiciones sanitarias y reducir privaciones históricas. En febrero de 2011, poco antes del levantamiento contra el gobierno, el Fondo Monetario Internacional reconocía la fortaleza de las reservas libias y una recuperación económica sostenida por los ingresos petroleros. También advertía sobre el desempleo, especialmente juvenil, la dependencia de una sola actividad productiva y las dificultades para diversificar la economía. El régimen había acumulado problemas importantes, pero la imagen de una nación completamente arruinada por cuatro décadas de gobierno resulta incompatible con los datos disponibles. Libia había alcanzado niveles de desarrollo que muchos países africanos, incluso algunos dotados de enormes recursos naturales, todavía no habían conseguido.

Una de las mayores inversiones de aquel período fue el Gran Río Artificial, concebido para trasladar agua desde acuíferos profundos del Sahara hasta las regiones pobladas del Mediterráneo. Las obras comenzaron en 1984 y dieron lugar a un sistema de miles de kilómetros de tuberías, estaciones de bombeo y depósitos. La infraestructura permitió abastecer ciudades y ampliar las posibilidades agrícolas de un país cuyo territorio es mayoritariamente desértico. La utilización de aguas fósiles planteaba problemas evidentes de sostenibilidad, porque se trata de reservas cuya reposición natural es extremadamente lenta. La dimensión de la obra, sin embargo, revela las prioridades de una política de infraestructura financiada con ingresos nacionales. Mientras una porción importante de África continuaba dependiendo de préstamos y asistencia extranjera para cubrir necesidades elementales, Libia destinaba parte de su riqueza petrolera a construir uno de los sistemas hidráulicos más extensos del planeta.

Gadafi aspiraba a trasladar esa independencia económica al conjunto del continente. Después de sus primeros esfuerzos por promover la unidad árabe, se convirtió en uno de los principales impulsores del panafricanismo. Participó activamente en el proceso que llevó a la creación de la Unión Africana en 2002 y defendió propuestas de integración política, comercial, financiera y militar. Llegó a promover la formación de unos Estados Unidos de África, con instituciones compartidas y una moneda propia que redujera la dependencia de las divisas extranjeras. Los gobiernos africanos recibieron esas iniciativas con diferentes grados de entusiasmo y desconfianza. Muchos respaldaban una mayor integración regional, pero rechazaban la posibilidad de subordinar sus decisiones a una autoridad continental dominada por Trípoli. La discusión excedía las ambiciones personales del coronel. Décadas después de las independencias, numerosas economías africanas continuaban condicionadas por antiguas metrópolis, instituciones financieras internacionales y empresas extranjeras que controlaban actividades estratégicas. Francia conservaba una influencia económica y militar especialmente importante en sus antiguas colonias. Gadafi pretendía disputar parte de ese poder mediante organizaciones africanas capaces de negociar desde una posición menos subordinada.

Alrededor de sus proyectos monetarios surgió posteriormente una explicación muy difundida sobre la intervención de 2011. Según esa interpretación, Gadafi pretendía establecer un dinar africano respaldado por oro que amenazaba los intereses estadounidenses y franceses, especialmente la influencia del dólar y del franco CFA. Un memorando remitido a Hillary Clinton por Sidney Blumenthal, conocido después de la publicación de los correos de la exsecretaria de Estado, mencionaba las reservas de oro libias y las posibles preocupaciones francesas. La existencia del documento está acreditada, pero la información recogida en él procede de fuentes cuya fiabilidad no ha sido suficientemente establecida. Tampoco demuestra que el proyecto monetario haya sido una causa determinante de la intervención. Las relaciones comerciales, los intereses petroleros, la competencia por la influencia africana y los compromisos militares de las potencias occidentales ofrecen elementos documentales más firmes para estudiar sus motivaciones. El interés estratégico de Libia era evidente desde mucho antes de 2011: poseía importantes reservas de petróleo, una posición geográfica privilegiada sobre el Mediterráneo y recursos financieros que le permitían actuar más allá de sus fronteras.

En Naciones Unidas, Gadafi cuestionó precisamente las instituciones internacionales que habían administrado durante décadas esa desigualdad de poder. Se detuvo en el derecho de veto, reservado a Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido, y preguntó por qué los demás países debían aceptar decisiones impuestas por una minoría privilegiada. Propuso transferir mayores atribuciones a la Asamblea General y convertir el Consejo de Seguridad en un órgano encargado de ejecutar las decisiones adoptadas por el conjunto de sus miembros. Llegó a denominarlo «Consejo del terror», en referencia a las guerras emprendidas por algunas de las potencias responsables de mantener la paz. Su afirmación de que el veto contradecía jurídicamente la Carta era incorrecta, porque ese mecanismo está expresamente previsto en su artículo 27. La crítica política, en cambio, apuntaba a la legitimidad de una estructura que distribuye facultades extraordinarias entre cinco países y deja a los demás sometidos a una capacidad de decisión mucho menor. Gadafi también rechazó que la solución consistiera simplemente en incorporar nuevas potencias como miembros permanentes. Consideraba que semejante reforma ampliaría el número de privilegiados sin modificar las relaciones de subordinación que denunciaba.

El dirigente libio recorrió distintos conflictos para ilustrar sus acusaciones. Recordó la intervención británica y francesa contra Egipto durante la crisis del canal de Suez de 1956, las guerras de Vietnam, Irak y Afganistán, y operaciones militares estadounidenses en otros países. Reclamó investigaciones sobre asesinatos políticos, denunció la impunidad de responsables de crímenes contra poblaciones civiles y cuestionó el funcionamiento desigual de la justicia internacional. Algunas de sus referencias históricas fueron imprecisas y otras derivaron hacia especulaciones sin sustento. Pero la invasión de Irak de 2003 ofrecía un antecedente suficientemente grave. Estados Unidos y Reino Unido habían encabezado una guerra justificada, entre otros argumentos, por la supuesta existencia de armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas. La ocupación provocó una devastación enorme, numerosas víctimas civiles, desplazamientos y una desestabilización cuyas consecuencias alcanzaron a toda la región. George W. Bush y Tony Blair habían defendido aquella intervención en nombre de la seguridad y la democratización. Gadafi utilizó ese antecedente para cuestionar quién podía exigir responsabilidades a los gobiernos que decidían emprender guerras y después pretendían presentarse como garantes del derecho internacional.

Su discurso incluyó otros planteos que permiten comprender la amplitud de sus posiciones. Exigió reparaciones económicas por el colonialismo europeo y relacionó las migraciones africanas con la explotación histórica de sus países de origen. Denunció la extracción extranjera de recursos pesqueros en Somalia y sostuvo que las operaciones militares contra la piratería desatendían sus causas económicas. Sobre Palestina propuso un Estado compartido entre árabes y judíos, al que denominó «Isratina», porque consideraba inviable una separación territorial entre poblaciones profundamente entrelazadas. También defendió la gratuidad de medicamentos y vacunas, aunque acompañó esa propuesta con especulaciones infundadas sobre la fabricación deliberada de virus por empresas farmacéuticas. El discurso combinaba reivindicaciones anticoloniales, propuestas institucionales, posiciones pacifistas y afirmaciones extravagantes. Su extensión y desorden facilitaron que buena parte de la cobertura internacional se concentrara en su comportamiento, sus gestos y sus excentricidades. Las denuncias sobre el reparto del poder mundial recibieron bastante menos atención.

Una de las escenas más llamativas de aquella jornada fue su reconocimiento a Barack Obama. Gadafi celebró que Estados Unidos hubiera elegido a un presidente afrodescendiente, de ascendencia keniana, después de una historia marcada por la segregación racial. Lo llamó afectuosamente «nuestro hijo Obama» y elogió sus declaraciones sobre desarme nuclear, cooperación internacional y rechazo a imponer la democracia desde el extranjero. Sin embargo, advirtió que la orientación de Washington dependía de instituciones y gobiernos que sobrevivirían a su presidencia. Dos años después, la administración Obama participó en la coalición militar que terminó contribuyendo a su caída. El contraste resulta todavía más marcado si se recuerda que, durante la década anterior, Gadafi había aceptado abandonar sus programas de armas de destrucción masiva y normalizar sus relaciones con Occidente. En 2003, Estados Unidos y Reino Unido habían celebrado su decisión de desarmarse como un avance para la seguridad internacional. Durante la guerra de 2011, el propio Gadafi volvió sobre ese antecedente en conversaciones relatadas por interlocutores occidentales: había renunciado a desarrollar determinadas armas, había restablecido relaciones diplomáticas y ahora recibía bombardeos de las potencias con las que había negociado. Se preguntaba qué podían aprender de aquella experiencia otros Estados sometidos a presiones para abandonar sus programas militares.

Las relaciones entre Gadafi y los gobiernos occidentales habían cambiado repetidamente durante sus cuarenta y dos años de gobierno. Ronald Reagan ordenó bombardear Trípoli y Bengasi en abril de 1986, después de un atentado terrorista en Berlín Occidental que Washington atribuyó a agentes libios. Durante los años ochenta y noventa, el régimen sostuvo relaciones con organizaciones armadas internacionales y quedó vinculado a graves hechos de terrorismo, entre ellos el atentado contra el vuelo 103 de Pan Am sobre Lockerbie, por el que Libia aceptó responsabilidad estatal en 2003 y acordó indemnizaciones. Las sanciones económicas y el aislamiento diplomático afectaron duramente al país. Con el cambio de siglo, la situación comenzó a modificarse. Gadafi abandonó sus programas de armamento prohibido, avanzó en acuerdos internacionales y permitió el regreso de inversiones extranjeras. Tony Blair visitó Trípoli en 2004, Nicolas Sarkozy recibió oficialmente al dirigente libio en París en 2007 y Silvio Berlusconi firmó con él un tratado de amistad en 2008 que incluía compensaciones por el pasado colonial italiano. Empresas petroleras europeas ampliaron sus negocios y los gobiernos occidentales negociaron acuerdos de cooperación antiterrorista y control migratorio. Las características autoritarias del régimen eran conocidas durante esas negociaciones. Los derechos humanos adquirieron un protagonismo mucho mayor en los discursos europeos cuando la continuidad de Gadafi dejó de coincidir con sus decisiones estratégicas.

Las contradicciones internas de su gobierno también eran profundas. El sistema de congresos y comités populares, desarrollado a partir de las ideas expuestas en el Libro Verde, prometía sustituir la democracia representativa por una forma de participación directa. En la práctica, el poder permanecía concentrado en Gadafi, su círculo familiar y los organismos de seguridad. Las organizaciones opositoras sufrían persecución, las libertades políticas estaban severamente restringidas y el aparato represivo había cometido abusos de enorme gravedad. La matanza de presos en Abu Salim, en 1996, se convirtió en uno de los símbolos de esa represión. Durante años, los familiares de las víctimas reclamaron información y justicia. El descontento también comprendía la corrupción, el desempleo juvenil, los privilegios de sectores cercanos al poder y la ausencia de mecanismos institucionales para reemplazar a los gobernantes. Los avances en educación, salud e infraestructura convivieron con esas restricciones y desigualdades. La revolución había modificado la distribución de una parte importante de la riqueza nacional, pero nunca permitió que sus ciudadanos decidieran libremente quién debía gobernarlos.

En febrero de 2011, las protestas vinculadas con la llamada Primavera Árabe alcanzaron Libia. La detención de un abogado relacionado con las familias de las víctimas de Abu Salim contribuyó a desencadenar manifestaciones en Bengasi. La represión gubernamental agravó el conflicto, y el levantamiento se transformó rápidamente en una insurrección armada. Militares desertores, antiguos funcionarios, opositores civiles y organizaciones islamistas terminaron integrando una coalición heterogénea contra Gadafi. El gobierno recuperó posiciones mediante sus fuerzas militares, mientras las potencias occidentales comenzaron a discutir una intervención. Francia y Reino Unido presionaron especialmente para adoptar medidas militares, aunque necesitaban el respaldo estadounidense y una justificación internacional. Qatar desempeñó un papel importante en el apoyo diplomático a la oposición y en la posición favorable de la Liga Árabe a una zona de exclusión aérea. Una monarquía hereditaria del Golfo Pérsico, que no respondía precisamente a los principios de una democracia parlamentaria, se convirtió en uno de los aliados más activos de quienes anunciaban una revolución democrática en Libia.

El 17 de marzo de 2011, el Consejo de Seguridad aprobó la resolución 1973. La autorización permitía adoptar medidas militares destinadas a proteger a civiles y zonas pobladas amenazadas, establecía una zona de exclusión aérea y excluía expresamente una fuerza extranjera de ocupación. Francia, Estados Unidos y Reino Unido comenzaron los ataques el 19 de marzo, y posteriormente la OTAN asumió la conducción de la campaña. Los primeros bombardeos se dirigieron contra fuerzas gubernamentales que avanzaban sobre Bengasi. La protección de la población civil constituía el fundamento declarado de la operación. Sin embargo, el desarrollo de la guerra fue ampliando sus objetivos. La aviación de la coalición destruyó instalaciones militares, defensas y posiciones gubernamentales durante meses, facilitando el avance de las fuerzas opositoras. El 14 de abril, Obama, Cameron y Sarkozy publicaron conjuntamente que Gadafi debía abandonar definitivamente el poder. Aquello dejaba expuesta una diferencia sustancial entre el mandato aprobado por Naciones Unidas y los objetivos políticos asumidos públicamente por los gobiernos que dirigían la intervención.

La intervención militar estuvo precedida por intensas negociaciones y desacuerdos entre las propias potencias occidentales. Francia y Reino Unido presionaban para acelerar los ataques, mientras Washington temía repetir los errores de Irak y exigía respaldo internacional. Qatar desempeñó un papel decisivo para conseguir el apoyo de la Liga Árabe a la zona de exclusión aérea y posteriormente suministró asistencia a distintas facciones insurgentes, entre ellas sectores islamistas. Las fuerzas vinculadas con Abdelhakim Belhadj, que participaron en la toma de Trípoli, mantenían diferencias políticas con otros dirigentes de la oposición. El Consejo Nacional de Transición reunía a antiguos funcionarios del régimen, militares desertores, liberales, islamistas y dirigentes regionales cuyos intereses difícilmente podían conciliarse. La derrota de Gadafi era el objetivo que los mantenía unidos. Las disputas por el control del país comenzaron incluso antes de que terminara la guerra, mientras la OTAN continuaba bombardeando posiciones gubernamentales.

En septiembre de 2016, la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes británica publicó una investigación que cuestionó severamente la actuación del gobierno de David Cameron. El informe concluyó que la intervención se había apoyado en información insuficiente, que la amenaza contra la población civil había sido sobredimensionada y que la operación derivó hacia una política de cambio de régimen sin una estrategia adecuada para la etapa posterior. También criticó la escasa atención prestada a las alternativas diplomáticas y a la composición de las fuerzas opositoras. El gobierno británico rechazó parte de esas conclusiones y defendió la legalidad de sus decisiones. Sin embargo, el propio Parlamento de una de las principales potencias intervinientes había identificado graves errores políticos y militares. Las advertencias sobre las consecuencias de derrocar a Gadafi tampoco procedían exclusivamente de su gobierno. Diferentes actores regionales y diplomáticos expresaron preocupación por la fragmentación del país, la proliferación de armas y el eventual fortalecimiento de grupos extremistas.

El 20 de octubre de 2011, después de semanas de combates en Sirte, un ataque aéreo de la OTAN alcanzó el convoy en el que se desplazaba Gadafi. El dirigente libio consiguió sobrevivir y fue capturado por combatientes opositores cerca de una alcantarilla. Las grabaciones difundidas muestran que estaba vivo, herido y rodeado de hombres que lo golpeaban y maltrataban. Murió poco después. Las circunstancias precisas de su muerte fueron objeto de investigaciones y permanecen parcialmente controvertidas, aunque las imágenes y los testimonios ofrecen motivos suficientes para investigar una posible ejecución extrajudicial. Su cadáver fue exhibido públicamente. Hillary Clinton, secretaria de Estado estadounidense, reaccionó ante las cámaras con una carcajada y una adaptación de la célebre frase de Julio César: «Vinimos, vimos, murió». El dirigente que había recibido a Blair, Sarkozy y Berlusconi como invitados de Estado terminaba expuesto ante el mundo como un trofeo de guerra. Sus responsabilidades por los abusos del régimen merecían una investigación judicial, con garantías y posibilidad de conocer públicamente los crímenes cometidos. La violencia de sus captores clausuró esa posibilidad.

La caída del gobierno tampoco resolvió los conflictos que habían originado la rebelión. Las milicias conservaron sus armas, los dirigentes opositores comenzaron a disputar el poder y distintas regiones quedaron sometidas a autoridades rivales. La guerra civil volvió a intensificarse en 2014. Organizaciones extremistas aprovecharon la descomposición institucional y el Estado Islámico llegó a establecer posiciones en territorio libio. El tráfico de armas, los enfrentamientos entre facciones y la explotación de migrantes se convirtieron en problemas persistentes. La ausencia de instituciones políticas capaces de sobrevivir a Gadafi facilitó esa crisis; las potencias extranjeras agravaron la situación mediante una intervención que contribuyó decisivamente al derrocamiento del régimen sin garantizar una transición estable. Los gobiernos que habían prometido proteger a los civiles terminaron retirándose de una guerra cuyas consecuencias recaían sobre la población libia. La reconstrucción del país quedó condicionada por los mismos grupos armados que habían participado en su liberación.

La experiencia de Gadafi merece ser examinada por sus resultados y por las decisiones que condujeron a su caída. Su gobierno construyó un Estado con mayor control sobre sus recursos naturales, amplió prestaciones sociales, financió obras públicas de enorme magnitud y promovió una política exterior que cuestionaba las relaciones coloniales heredadas. También persiguió opositores, restringió libertades y concentró el poder hasta impedir una sucesión institucional ordenada. Sus proyectos de integración africana tuvieron una ambición que excedía ampliamente las posibilidades de Libia, pero expresaban una preocupación compartida por numerosos países del continente: la independencia económica frente a potencias que conservaron buena parte de su influencia después de la descolonización. Esa trayectoria permite reconocer avances y responsabilidades con hechos concretos, sin depender de la idealización de su figura ni de las caricaturas construidas por sus adversarios.

La política occidental hacia Libia ofrece, por su parte, un caso de oportunismo diplomático y fracaso estratégico. Estados Unidos y Europa pasaron del enfrentamiento al acercamiento comercial, y de las visitas oficiales a una intervención militar que contribuyó a destruir el gobierno con el que habían negociado pocos años antes. La protección de civiles fue invocada como fundamento de una operación que terminó asociada al cambio de régimen. Las consecuencias fueron examinadas críticamente por instituciones de los propios países intervinientes, mientras Libia continuaba padeciendo las dificultades de una transición atravesada por la violencia. El destino de Gadafi estuvo ligado a las contradicciones de su sistema político y a la decisión de potencias extranjeras de intervenir decisivamente en una guerra interna. El resultado desmintió las expectativas de quienes presentaron su caída como el comienzo inmediato de una nueva democracia.

En Sirte murió Gadafi. En Washington, París y Londres celebraron su caída como una victoria de la libertad. Libia quedó sumergida en disputas entre milicias, gobiernos rivales y nuevas guerras. Las potencias que contribuyeron a derrocarlo pudieron retirarse y ocuparse de otros asuntos. Los libios tuvieron que quedarse a vivir con las consecuencias.

Para la elaboración de este artículo se consultaron las actas oficiales de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 23 de septiembre de 2009 (A/64/PV.3), los informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y del Fondo Monetario Internacional correspondientes al período anterior a la guerra, la resolución 1973 del Consejo de Seguridad, la investigación publicada en 2016 por la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes británica, los informes de Human Rights Watch sobre la intervención militar y la muerte de Gadafi, y cuatro trabajos audiovisuales dedicados a su trayectoria política, su gobierno y los acontecimientos de 2011.

Jerónimo Martínez Feyt

domingo, 25 de octubre de 2026

DIOS, LLÉVATE A MILEI Y DEVUÉLVENOS AL GASPI

En el Apocalipsis, capítulo 3, versículos 15 y 16, Jesucristo dirige una de sus advertencias más severas a la Iglesia de Laodicea: «Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca». Laodicea era una ciudad próspera del Asia Menor romana. Según el relato bíblico, Juan recibió la revelación del Cristo resucitado, quien reprendió a una comunidad satisfecha de sí misma, convencida de su riqueza y autosuficiencia, incapaz de reconocer su propia pobreza espiritual. La tibieza era el resultado de aquella complacencia, una tranquilidad de conciencia adquirida a fuerza de convivir cómodamente con las contradicciones, aceptar lo que debería provocar vergüenza y terminar considerando normal aquello que alguna vez habría resultado intolerable.-

Siglos antes, Platón había reflexionado sobre las dificultades que enfrenta una sociedad al elegir a sus gobernantes. En La República imaginó una embarcación cuyos tripulantes se disputaban el timón mientras despreciaban a quien verdaderamente conocía el arte de navegar. Los aspirantes al mando competían por imponerse sobre los demás, aunque carecieran de los conocimientos necesarios para conducir la nave. Para Platón, gobernar exigía sabiduría, virtud, prudencia y conocimiento del bien común. El filósofo desconfiaba especialmente de los demagogos capaces de conquistar multitudes mediante la persuasión, la apariencia y la explotación de sus emociones. Su pensamiento admite numerosas objeciones desde nuestra concepción moderna de la democracia, pero conserva una advertencia difícil de ignorar en tanto la voluntad popular confiere legitimidad democrática, aunque jamás garantiza por sí sola las cualidades necesarias para gobernar.-

EL ESPÉCIMEN QUE GOBIERNA

Javier Gerardo Milei salió de los estudios de televisión, donde durante años se dedicó a gritar, insultar y protagonizar espectáculos bochornosos que terminaron convirtiéndolo en una celebridad. Su aparición reunía todos los ingredientes necesarios para alimentar el morbo televisivo: una estética espantosa, modales de patotero, una arrogancia descomunal y esa curiosa costumbre de confundir el volumen de la voz con la solidez de los argumentos. Discutía de “economía” como quien busca pelea a la salida de un boliche, descalificando a cualquiera que se atreviera a contradecirlo. Las cámaras lo adoraban, los programas repetían sus exabruptos y buena parte del periodismo descubrió que aquel personaje grotesco —y repulsivo— resultaba extraordinariamente rentable. Los mismos medios que contribuyeron a fabricarlo terminarían escandalizados por las groserías del monstruo que habían ayudado a engendrar.-

Ya entonces había dado muestras suficientes de su concepción de la inteligencia. En una intervención televisiva comparó al Estado con «un pedófilo en un jardín de infantes», imaginando a los niños encadenados y bañados en vaselina. En otra oportunidad aseguró que prefería a la mafia antes que al Estado porque los mafiosos tenían códigos, cumplían sus compromisos y competían. Cuando le preguntaron sobre la compraventa de órganos humanos, respondió con una naturalidad escalofriante: «Es un mercado más». Y cuando el interrogante avanzó hacia la posibilidad de vender niños, encontró necesario introducir consideraciones filosóficas antes de contestar: «No, depende». Después especuló con que semejante discusión podría plantearse dentro de doscientos años. Finalmente aclaró que se oponía a vender criaturas, conclusión a la que consiguió arribar después de un rodeo intelectual tan innecesario como repugnante. Cuesta imaginar qué clase de razonamiento puede conducir a semejante individuo a examinar la comercialización de un niño con la misma desenvoltura con la que se discute el precio de una bolsa de papas.-

La obscenidad continuó siendo uno de sus recursos predilectos una vez instalado en la Presidencia. En Davos, frente a representantes políticos y empresariales de todo el mundo, calificó a la cultura woke como un «cáncer que hay que extirpar» y vinculó lo que denominaba ideología de género con el abuso infantil, utilizando el crimen cometido por una pareja homosexual estadounidense para sostener una generalización absolutamente injustificada. La ligereza de semejantes asociaciones contrasta con la gravedad de sus consecuencias. Sin embargo, el mandatario parece encontrar un oscuro placer en pronunciar barbaridades cuanto mayor sea la repercusión internacional. La palabra presidencial, que debería emplearse con especial responsabilidad, termina convertida en una sucesión de provocaciones que alimentan adhesiones fanáticas y enfrentamientos cada vez más degradantes.-

Su desprecio por quienes lo contradicen constituye otra de sus características más reconocibles. Periodistas, economistas, legisladores y adversarios políticos han sido tratados como mandriles, ratas, ensobrados, basura humana y lacra inmunda. Llegó a afirmar que «los periodistas son históricamente las prostitutas de los políticos» y reclamó que se los odiara todavía más. En mayo de 2025, durante una transmisión de streaming, preguntó entre risas si tenían preparada la lista de periodistas que debía meter presos. El espectáculo contaba con la presencia complaciente de integrantes de su gobierno. Resulta difícil encontrar antecedentes de un presidente argentino tan dedicado a convertir el agravio personal en una actividad cotidiana. Aquello que en cualquier otro funcionario podría provocar un escándalo termina siendo celebrado por sus seguidores como una demostración de autenticidad. La vulgaridad adquirió categoría de virtud y la grosería pasó a confundirse con el coraje.-

Pero la representación de Milei alcanza sus momentos más grotescos cuando pretende exhibir una genialidad que, según parece, el resto de los mortales somos incapaces de comprender. Llegó a proclamar que su espacio era superior moral y estéticamente a sus adversarios, una declaración risible en alguien que parece haberse vestido durante años bajo la influencia de algún productor de televisión de la década del noventa. También se presentó disfrazado como el General AnCap, un superhéroe anarcocapitalista provisto de antifaz y tridente, cuya misión consistía en combatir a los keynesianos. Ya como presidente se definió como un topo infiltrado en el Estado para destruirlo desde adentro y se comparó con Terminator, proveniente de un futuro apocalíptico para combatir al socialismo. En otro episodio sostuvo que su perro Conan había sido mejor consejero político que reconocidos consultores. La combinación de superhéroes imaginarios, perros asesores, misiones mesiánicas y fantasías de destrucción compone un universo verdaderamente extraordinario para quien ocupa la máxima magistratura de un país.-

La autoproclamada superioridad intelectual del personaje sufrió, además, algunos tropiezos bastante embarazosos. En su libro Pandenomics fueron identificados fragmentos prácticamente idénticos a los publicados años antes por tres investigadores mexicanos, quienes denunciaron la apropiación de su trabajo. Las comparaciones exhibieron pasajes reproducidos sin la atribución correspondiente. Otros episodios pusieron bajo examen la originalidad de sus publicaciones y hasta los antecedentes académicos que figuraban en la presentación editorial de uno de sus libros. Resulta especialmente grotesco que alguien tan acostumbrado a tratar a sus críticos como ignorantes haya debido enfrentar semejantes cuestionamientos sobre el rigor de su propia producción intelectual. La figura del economista iluminado, llamado a corregir los errores de toda la humanidad, pierde bastante solemnidad cuando aparecen científicos reclamando el reconocimiento de las páginas que escribieron.-

A semejante repertorio se añadió su transformación en cantante de rock, con camperas de cuero, movimientos ampulosos, rugidos y recitales multitudinarios donde funcionarios y dirigentes partidarios terminaron convertidos en una suerte de banda de acompañamiento. Se apropió políticamente de Panic Show, de La Renga, pese al rechazo expreso de sus autores, que lo describieron como un «disfrazado de amigo hablando de la libertad». El león, la motosierra, las canciones modificadas, los abrazos sobreactuados y las escenografías grandilocuentes fueron completando una estética profundamente grasa, a medio camino entre una fiesta de disfraces y la fantasía de una estrella de rock frustrada. En uno de sus espectáculos, después de cantar y arengar durante horas, anunció que necesitaba higienizarse y volver a vestirse de presidente. Pocas expresiones podrían sintetizar mejor el disparate: el propio jefe de Estado parecía reconocer que había pasado buena parte de la jornada representando otra cosa.-

Y mientras se pavonea como enemigo de los poderosos, gobierna rodeado de dirigentes que acumulan décadas dentro de la política y del poder económico. La casta, aquella organización supuestamente responsable de todos los males nacionales, resultó bastante menos despreciable cuando algunos de sus integrantes aceptaron incorporarse al gobierno. El pretendido revolucionario terminó acompañado por figuras conocidas de administraciones anteriores, demostrando que su anunciada cruzada contra los privilegios admitía excepciones extraordinariamente convenientes. Todo ello mientras las redes sociales continúan alimentando una caricatura de superhéroe libertario, con imágenes artificiales, leones, espadas y fantasías de omnipotencia destinadas a una audiencia que parece haber renunciado a distinguir la política de un videojuego.-

Después de semejante desfile de obscenidades, insultos, actuaciones ridículas, contradicciones y pretensiones intelectuales, resulta comprensible que aparezcan calificativos como imbécil, infradotado, lobotomizado, desequilibrado o repulsivo. Son expresiones de una indignación que recurre a la exageración satírica frente a un personaje que parece empeñado en superar cualquier caricatura. Bastaría repasar sus declaraciones para comprender el desprestigio que, a juicio de este humilde redactor, representa la figura pública de aquel. Un espécimen ordinario, arrogante y profundamente desagradable, cuya principal contribución a la vida política argentina ha consistido en elevar la grosería a la categoría de espectáculo presidencial.-

El inconveniente es que este cacuija, surgido de las pantallas y consagrado por una industria que encontró un negocio formidable en sus desbordes, terminó convirtiéndose en presidente de la República Argentina. Ahora, mientras canta, insulta, ruge y se entretiene agraviando a sus adversarios, también firma decretos, veta leyes, administra recursos públicos y toma decisiones que afectan a millones de personas. Detrás de sus actuaciones aparecen los jubilados, los trabajadores, las personas con discapacidad, los recursos naturales y los escándalos que alcanzaron a integrantes de su gobierno. Ese es el verdadero costo de haber transformado un personaje grotesco en autoridad institucional: el espectáculo continúa, pero sus consecuencias las paga todo un país. Los casos de corrupción que comprometen a integrantes de su gobierno, su inhabilidad moral, la falta de estética para representar a la Nación y la doble vara —ese doble estándar que condena en unos lo que justifica en otros— merecen un análisis más detenido, del que nos ocuparemos en otra publicación.-

Lo más inquietante es que los argentinos hemos terminado acostumbrándonos a semejante colección de miserias. Después de tantos años de insultos, obscenidades, gritos y espectáculos bochornosos, el disparate comenzó a formar parte de nuestra vida cotidiana. Cada nueva barbaridad desplaza a la anterior, las redes sociales la convierten en entretenimiento y el escándalo se disuelve antes que podamos terminar de comprenderlo. La repetición ha ido anestesiando nuestra capacidad de asombro. Aquello que, protagonizado por cualquier otro presidente, habría provocado un terremoto político, se acepta ahora como otra extravagancia de Milei. Y así, entre memes, aplausos y resignación, terminamos concediéndole al mandatario una licencia para comportarse como un energúmeno que difícilmente le toleraríamos a cualquier otra persona.-

Su reciente visita a España permitió comprobar hasta qué punto habíamos naturalizado semejante comportamiento. Milei desembarcó en Madrid y calificó a Pedro Sánchez de «impresentable dictador», mientras recorría libremente las calles de la capital española insultando al presidente del supuesto régimen dictatorial. A una periodista que le formuló una pregunta incómoda le atribuyó una visión propia de «gente corta intelectualmente»; a otro cronista, que lo interrogó sobre las dificultades económicas de los argentinos, le respondió: «Amo tu corazón, pero no puedo respetar tu cerebro». Entre agravios, abrazos efusivos con Isabel Díaz Ayuso y una videollamada con Santiago Abascal, que se encontraba en otra ciudad, volvió a desplegar su conocido repertorio de prepotencia y vulgaridad. Pero esta vez encontró una prensa que todavía conservaba la capacidad de escandalizarse. El diario El País llegó a dedicarle un editorial titulado «Inaceptable Milei», mientras otros medios españoles cuestionaban sus descalificaciones. Aquello que aquí contemplamos con el cansancio de quien ya conoce de memoria todos los papelones, del otro lado del Atlántico todavía provocaba estupor. Hemos necesitado que los españoles nos devuelvan nuestra propia vergüenza.-

CON ESTA ME CANCELAN

Otro argentino supo realmente conquistar España y trascender ampliamente las fronteras de nuestro país. Se trata del Gaspi, un muchacho que había construido su popularidad insultando desconocidos, haciendo preguntas obscenas y protagonizando situaciones tan descabelladas como desopilantes. En 2025 participó de La Velada del Año V, el multitudinario espectáculo organizado por Ibai Llanos, donde terminó perdiendo por nocaut técnico frente al español Perxitaa. También fue invitado al podcast The Wild Project, donde conversó más de dos horas, y compartió transmisiones con El Rubius, a quien llegó a besar sorpresivamente durante una transmisión en directo. A esas alturas, aquel personaje que recorría las calles de Buenos Aires, vestido de traje y corbata, había conseguido convertirse en un fenómeno internacional. Millones de personas conocían sus videos y buena parte de los creadores más importantes del mundo hispanohablante celebraban sus ocurrencias.-

Pero ¿quién carajo fue el Gaspi y cómo había conseguido semejante reconocimiento?

Gaspar Prim Díaz había inventado durante su adolescencia una suerte de periodista degenerado, con un micrófono destartalado, voz impostada y una capacidad extraordinaria para decir la peor barbaridad posible en el momento menos indicado. Su aparición era inconfundible: aquel «Bueeeeeenas», el traje desprolijo, la corbata, los pies descalzos —y obviamente sucios— y una expresión de absoluta seriedad mientras se acercaba a desconocidos para arruinarles la tranquilidad. Podía preguntar cualquier estupidez, interpelar a alguien por su aspecto físico o sostener una conversación aparentemente normal hasta introducir una obscenidad completamente inesperada. La gracia estaba en las reacciones: algunos se descostillaban de risa, otros quedaban paralizados y más de uno terminaba amenazándolo con cagarlo bien a trompadas. Mientras tanto, Gaspi seguía actuando como si absolutamente nada extraordinario estuviera sucediendo.-

Quienes conocieron sus videos difícilmente puedan olvidar El guitarrista HDP, donde musicalizaba las mayores atrocidades mientras se acercaba a personas que caminaban tranquilamente por la calle. «Señora, señora, señora, le va a explotar la cara», cantaba frente a una mujer completamente desconcertada. A otra persona le echaba en cara su movilidad: «Qué lindo es caminar, yo camino y vos no». Podía detenerse frente a una pareja y comenzar a cantar «Qué buena está tu jermu», mientras el marido pasaba de la sorpresa a la indignación. «Miralo, miralo, miralo», repetía señalando a cualquier desprevenido que tuviera la desgracia —o la suerte— de cruzarse en su camino. El absurdo consistía en convertir agravios gratuitos en pequeñas composiciones musicales, interpretadas con el entusiasmo de quien cree estar ofreciendo un recital extraordinario.-

En otra brutal escena se acercó a un chofer de colectivos y le dedicó una canción sobre un «gordo que maneja el bus escolar», para terminar acusándolo, dentro de aquella ficción grotesca, de ser un pedófilo. El hombre esperaba escuchar una canción de amor y recibía semejante disparate. En otra oportunidad ingresaba a una heladería para preguntar si quedaba «helado gusto a pija», insistiendo con absoluta naturalidad ante el desconcierto de los empleados. La situación terminaba con uno de los trabajadores echándolo del establecimiento y amenazándolo con tirarlo debajo de un colectivo. Gaspi volvería posteriormente con varios de sus seguidores para bancar la parada y corear el pedido que había originado el conflicto. Uno debe apreciar esas escenas para comprender y dimensionar la perfecta combinación de insolencia, descaro y el extraordinario sentido de la oportunidad del remate que conseguía sostener este prócer del humor argentino.-

Su repertorio incluía situaciones todavía más delirantes. Llegó a vestirse de mujer para intentar seducir a un anciano, a disfrazarse de policía para representar una pelea que terminaba con un beso entre dos hombres corpulentos y a ingresar a una iglesia para preguntarle a un sacerdote si todos los curas eran pedófilos. También recorría espacios públicos inventando acusaciones absurdas, burlándose de los desconocidos y provocando situaciones cuyo desenlace resultaba absolutamente imprevisible. Muchas veces parecía estar a segundos de recibir una trompada. Y precisamente ahí aparecía lo mejor del personaje: la capacidad de sostener una provocación hasta sus últimas consecuencias, cuando cualquier persona razonable ya habría pedido disculpas y salido corriendo.-

Con una frase que resumía su relación con las reglas de las plataformas y con la sensibilidad de sus espectadores, Gaspi anticipó: «Con esta me cancelan». Sabía perfectamente que sus bromas podían resultar ofensivas, crueles o directamente insoportables para determinadas personas. Esa conciencia era parte del espectáculo. A mí me interesa el humor que se anima a explorar esos lugares, incluso cuando termina siendo desagradable. El humor negro vive precisamente de la irreverencia, de la transgresión y de aquello que las convenciones sociales consideran impronunciable. Gaspi había hecho de esa incomodidad una especialidad y nunca necesitó disfrazar sus barbaridades de lecciones morales.

Otro de sus videos más recordados mostraba a Gaspi visitando a una anciana para tomarle medidas con una cinta métrica y encargar su ataúd. La mujer era Norma, la abuela de su amigo Lucas, quien participaba voluntariamente de aquella actuación. La escena generó acusaciones de crueldad entre quienes creyeron que estaba burlándose de una persona indefensa. Tiempo después explicó quién era esta señora y cómo habían construido juntos aquel disparate. Lo notable era que incluso una mujer anciana podía convertirse en cómplice de una broma macabra que desafiaba todas las convenciones sobre la vejez y la muerte. En uno de aquellos intercambios, Norma llegó a bromear con la posibilidad que Gaspi muriera antes que ella. La ocurrencia, que entonces provocaba carcajadas, terminaría adquiriendo un significado tan absurdo como doloroso.-

La popularidad de Gaspi había crecido de manera desproporcionada respecto de la cantidad de videos que publicaba. Algunos fueron eliminados de YouTube y circularon después mediante copias conservadas por sus seguidores. En 2022 recibió el premio al youtuber del año en los Coscu Army Awards, donde se besó apasionadamente con Rodrigo Pereira, el gordo que fuma. Sus videos contenían frases que se repetían entre amigos, escenas que uno podía mirar veinte veces y seguir encontrando graciosas, y personajes secundarios tan estrafalarios como él. Todo parecía improvisado, aunque detrás existía una elaboración mucho más compleja: Gaspi había pasado años perfeccionando la voz, la gestualidad, los silencios y aquella expresión imperturbable que convertía una obscenidad en una escena de comedia.-

Su desaparición temporal de YouTube y posterior regreso permitieron conocer otra faceta de Gaspar. En La vuelta de Gaspi habló de los excesos, del consumo de estupefacientes, de las dificultades personales que había atravesado y de su relación cada vez más complicada con el personaje que había creado. Había dedicado tantos años a construirlo que terminó preguntándose quién era él mismo. Era fanático de Andy Kaufman, de Cha Cha Chá y de Todo por dos pesos, referentes que ayudan a comprender su fascinación por el absurdo, la provocación y esas situaciones en las que el espectador ya no sabe si lo están cargando. También admiraba a Charly García, Spinetta y Virus, que para él era la mejor banda. Detrás de aquel personaje había una curiosidad artística enorme, una personalidad compleja y muchas más inquietudes de las que sus videos dejaban entrever.-

Su participación en España confirmó que el personaje podía funcionar fuera del ambiente donde había nacido. Gaspi había llevado su humor a una audiencia internacional y comenzaba a interesarse por producciones más complejas. En mayo de 2026 estrenó Gaspi visita tu hogar, una serie de entrevistas ficcionalizadas donde conocía a personajes excéntricos y trasladaba su habitual incomodidad callejera a un formato audiovisual mucho más elaborado. Los primeros capítulos mostraban sus visitas a un poeta de José C. Paz y a un cazador de Saladillo. La producción incorporaba actuaciones, recursos cinematográficos y situaciones cuidadosamente construidas, aunque conservaba intacta aquella inclinación por introducir barbaridades donde nadie las esperaba.-

Gaspi tenía apenas veintitrés años cuando murió el 14 de junio de 2026, en el choque de dos helicópteros ocurrido en Río de Janeiro. En el mismo accidente falleció Lucas Vignale, su compañero de trabajo y uno de los responsables de aquella nueva etapa audiovisual. La noticia resultó brutal porque ambos estaban desarrollando proyectos que acababan de comenzar. Gaspi había trascendido la Argentina, se había ganado el reconocimiento de figuras internacionales y estaba experimentando nuevas formas de hacer humor. Tenía una carrera entera por delante y millones de barbaridades que todavía no había llegado a inventar.-

Hay un fragmento de El guitarrista HDP que, después de su muerte, resulta imposible escuchar de la misma manera. Mientras recorría las calles insultando desconocidos, Gaspi se burlaba de una persona mayor cantándole que a ella le quedaba poca vida y a él no. Era otra provocación monumental, deliberadamente cruel, que funcionaba precisamente por lo absurda y desubicada. La vida terminó encargándose de producir una ironía mucho más despiadada que cualquiera de sus bromas. Aquel pibe que se reía del fin de la existencia del ser humano, que andaba descalzo preguntando obscenidades y que había convertido el mal gusto en un espectáculo visto por millones de personas, murió a los veintitrés años, cuando su carrera estaba en plena expansión.-

EL VERDADERO CORTE

«Cuando yo me muera, ahí va a ser el verdadero: Corte», escribió Gaspi en marzo de 2021. Cinco años después murió a los veintitrés años, cuando comenzaba a desarrollar una obra que ya trascendía al personaje que lo había hecho famoso. Su carrera estaba en plena expansión. Tenía películas por hacer, personajes por inventar y miles de ocurrencias que nunca llegaremos a conocer. Es difícil imaginar qué habría sido de aquel artista dentro de diez o veinte años. Más difícil todavía aceptar que nunca podremos averiguarlo. Si Gaspi hubiera escrito el desenlace de esta historia, seguramente alguien le habría dicho que se había ido demasiado al carajo.-

Mientras tanto, la República Argentina continúa presidida por Javier Gerardo Milei. Un individuo que se disfraza de superhéroe, se compara con Terminator y pretende impartir lecciones de superioridad intelectual mientras arrastra cuestionamientos por la originalidad de sus propias publicaciones. Podría ser el protagonista de una comedia, si detrás de sus actuaciones no existieran las responsabilidades propias de la Presidencia. Mientras se entretiene insultando adversarios, alimentando enfrentamientos y generando conflictos diplomáticos con potencias extranjeras, su gobierno toma decisiones sobre las jubilaciones, el trabajo, la salud, los derechos de las personas con discapacidad y los recursos naturales de nuestro país.-

La muerte se llevó a un pibe que había conseguido hacer felices a tantas personas, precisamente cuando empezaba a descubrir hasta dónde podía llegar su talento. Sus videos seguirán provocando carcajadas, incluso entre quienes ya conocemos de memoria cada una de sus barbaridades. En lo que a nosotros respecta, seguimos soportando las actuaciones de un presidente que ha contribuido a instalar el insulto, la humillación y el desprecio en el centro de la vida pública. Y lo verdaderamente indignante es que, mientras millones de argentinos padecen dificultades económicas, privaciones e incertidumbre, quien debería ocuparse de sus problemas parece encontrar tiempo y entusiasmo suficientes para protagonizar una nueva provocación. La vulgaridad de Milei sería apenas una extravagancia personal si no estuviera acompañada por el inmenso poder que le confiere su investidura. Sus palabras pueden alimentar el odio; sus decisiones pueden comprometer derechos, profundizar desigualdades y afectar el destino de generaciones enteras. Y todo ello ocurre ante una sociedad que parece haber agotado su capacidad de escandalizarse.-

Hay algo difícil de aceptar en semejante reparto. Gaspi, que había hecho del humor una forma de expresión artística, se quedó sin tiempo para desarrollar todo aquello que imaginaba. Milei, cuyo comportamiento público ha dado motivos suficientes para cuestionar la degradación del debate político argentino, continúa ejerciendo la máxima autoridad de la Nación. El primero dejó una obra que todavía nos permite reírnos; el segundo administra un país en el que demasiadas personas tienen cada vez menos motivos para hacerlo. Y aunque la muerte jamás haya distinguido entre los méritos y las miserias humanas, resulta inevitable experimentar cierta indignación frente a una ironía tan cruel.-

Personalmente, no pretendo encontrar una explicación racional para semejante desenlace. La muerte carece de sentido del humor y jamás ha demostrado demasiado interés por la justicia. Pero después de tantas consideraciones filosóficas, reflexiones religiosas y agravios políticos, quizás corresponda elevar el reclamo a una autoridad superior. Porque si existe alguien que administra los destinos humanos, quisiera saber qué clase de broma de mierda es esta, en la que el humorista se muere a los veintitrés años y el presidente, que tanto sufrimiento ha provocado, sigue dando funciones. Y si esto responde a algún misterioso designio divino, sería conveniente que su autor se dignara a explicarlo: hasta el mismísimo Gaspi habría considerado que semejante desenlace era una auténtica hija de putez.-

Cierro los ojos una vez más y pienso: Dios, por favor, si estás ahí… llévate a Milei y devuélvenos al Gaspi.-

Atte. Jerónimo Martínez Feyt

P.D.: ¿Dónde compraste la peluca, hijo de puta?


martes, 6 de octubre de 2026

Javier Broggi: análisis de la causa y la condena de un abusador

 Por Jerónimo Martínez Feyt

Javier Aníbal Broggi fue funcionario de la Municipalidad de Urdinarrain y durante años estuvo vinculado con actividades culturales de la ciudad. En diciembre de 2016, el Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguaychú lo condenó a 14 años de prisión por corrupción de menores, en la modalidad de promoción, agravada por haberse cometido mediante engaños, en concurso real por dos hechos ocurridos durante 2002 y 2003. La sentencia permite reconstruir algo más que los episodios concretos por los que fue juzgado: explica la forma en que se acercaba a los jóvenes, el papel que desempeñaron su función pública y la relación de autoridad que ejercía sobre ellos, por qué los jueces consideraron probado el engaño y por qué entendieron que las conductas excedían una sucesión de abusos sexuales aislados. Para comprender la dimensión del caso es necesario volver a la Urdinarrain de comienzos de la década de 2000.-

Previo a todo análisis es menester aclarar el recorrido judicial. El Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguaychú fue el que recibió la prueba, escuchó a las víctimas y testigos, y dictó la condena. La Cámara de Casación Penal revisó posteriormente esa sentencia a partir del recurso de la defensa: no realizó un nuevo juicio, sino que examinó la razonabilidad de la valoración de la prueba, la calificación jurídica y los planteos formulados contra el fallo. Después intervino el Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos mediante la impugnación extraordinaria y, finalmente, rechazó la concesión del recurso extraordinario federal con el que la defensa pretendía acceder a la Corte Suprema de Justicia de la Nación. La condena quedó así confirmada en las distintas instancias provinciales.-

I.- Urdinarrain, comienzo de siglo.

Una ciudad chica. La Estación del ferrocarril. El Centro Cultural. La Municipalidad. El Colegio. Familias que se conocen. Adolescentes que participan en actividades culturales, educativas y recreativas. En ese ambiente se movía Javier Aníbal Broggi. Fue secretario del Colegio Nacional y, al mismo tiempo, responsable del área de Cultura y Turismo del Municipio. Convocaba a jóvenes para colaborar en tareas relacionadas con su función, tenía acceso a instalaciones públicas y ocupaba frente a ellos una posición evidente de autoridad.-

El comienzo de la década coincidió, además, con una etapa de institucionalización de esas actividades dentro del propio Municipio. La Oficina de Cultura y Turismo había sido creada en 2001, a partir de la Ordenanza Nº 396/01, como uno de los resultados del proceso de planificación estratégica de la ciudad. En una comunidad de la escala de Urdinarrain, la Estación, el Centro Cultural, el Colegio y las actividades organizadas desde la Municipalidad constituían espacios de encuentro cotidiano entre jóvenes, familias, docentes, funcionarios y referentes locales. Broggi estaba situado precisamente en ese entramado.-

Esa ubicación importa para comprender lo que vendrá después. Su vínculo con los jóvenes no comenzaba necesariamente en un ámbito clandestino ni extraño, sino en lugares socialmente aceptados: una actividad cultural, una colaboración, una tarea municipal, el Colegio o una invitación vinculada con esos espacios. Muchos años después, la Justicia reconstruiría qué sucedía detrás de aquella normalidad.-

II.- Significado de “corrupción de menores”

 La expresión puede sonar imprecisa fuera del derecho penal. En esta causa tuvo un contenido concreto. Cuando ocurrieron los hechos, el artículo 125 del Código Penal castigaba a quien promoviera o facilitara la corrupción de una persona menor de dieciocho años, aun cuando existiera consentimiento de la víctima. La escala básica era de tres a diez años. Pero la propia ley elevaba la pena de diez a quince años cuando mediaba engaño, violencia, amenaza, abuso de autoridad u otra forma de intimidación o coerción.-

La protección jurídica iba más allá de impedir un contacto sexual determinado. La Cámara explicó que esta figura tutela el normal desarrollo de la sexualidad del menor, su proceso de formación y su libertad para desarrollarse sin interferencias sexuales prematuras, depravadas o capaces de alterar ese proceso. Por eso había una diferencia importante con el abuso sexual simple.-

La defensa de Broggi sostuvo precisamente eso: que, aun admitiendo hipotéticamente los hechos, se trataba a lo sumo de actos alcanzados por el artículo 119 del Código Penal. Alegó, además, que las víctimas tenían alrededor de 16 o 17 años, que poseían madurez sexual y que los actos descriptos carecían de entidad suficiente para hablar de corrupción.-

Casación rechazó esa interpretación. Para los jueces, “promover” la corrupción implica favorecer o conducir al menor hacia una situación sexualmente corruptora mediante actos prematuros, lascivos o depravados. Esa promoción puede concretarse mediante contactos físicos y también mediante enseñanzas, imágenes, prácticas o situaciones de significado sexual.-

Hay otro dato jurídico relevante: el consentimiento del menor no elimina el delito. El texto del artículo 125 aplicable a los hechos había sido introducido por la Ley Nº 25.087 en 1999 y establecía expresamente que la corrupción de menores era punible “aunque mediare el consentimiento de la víctima”. Esa regla permanece en el texto actual. Casación volvió sobre este punto al analizar el argumento defensivo referido a la edad y experiencia sexual de las víctimas: lo relevante era la aptitud de las conductas para interferir en su normal desarrollo sexual.-

Se trata, además, de una figura que no exige acreditar como resultado que el menor haya quedado efectivamente “corrompido”. La discusión se centra en la aptitud objetiva de los actos realizados para afectar su normal desarrollo sexual. Esa precisión era relevante frente a una defensa que insistía en la edad de las víctimas, su supuesta madurez y la ausencia de una pericia que demostrara un resultado concreto sobre ellas.-

III.- El método del engaño

 También importa entender por qué la condena fue agravada. El Código Penal vigente al momento de los hechos preveía para la corrupción de menores una escala de tres a diez años de prisión. Cuando mediaba engaño, esa escala subía de diez a quince. Casación explicó qué entendía jurídicamente por engaño. Se trata de colocar al menor en una situación de error respecto del verdadero objetivo perseguido por el adulto: presentar como inocente, normal o ajena a una finalidad sexual una situación que en realidad ha sido preparada para conducirlo hacia ella.-

El tribunal utilizó una definición particularmente clara: el autor puede valerse de juegos o prácticas de apariencia inocente que conduzcan a una víctima desprevenida a participar en actos sexuales prematuros o excesivos. Ese razonamiento encajaba con la forma en que Javier Broggi se aproximaba a los jóvenes: los convocaba para colaborar en actividades, utilizaba espacios vinculados con sus tareas y construía previamente una relación de confianza y autoridad dentro de la cual aparecía luego la finalidad sexual. El engaño formaba así parte del mecanismo utilizado para llegar hasta las víctimas.-

IV.- La prueba

 La sentencia de Casación permite reconstruir también cómo se llegó a la condena. Los jueces otorgaron credibilidad a los relatos de las víctimas por su consistencia y porque encontraron corroboración en otros testimonios y elementos incorporados al proceso. Una testigo relató que llegó a la Estación de ferrocarril durante la siesta, encontró cerrado y fue Broggi quien abrió desde adentro. Poco después salió acompañado por un adolescente. Otro testigo dijo haberlo sorprendido en el Centro Cultural manteniendo relaciones sexuales con un menor conocido. A eso se sumaron elementos provenientes de allanamientos, material informático, correos electrónicos y otras declaraciones.-

La discusión probatoria fue extensa porque la defensa cuestionó la incorporación de distintos elementos obtenidos durante la investigación. Casación examinó esos planteos y sostuvo que, incluso suprimiendo hipotéticamente parte del material discutido, la conclusión condenatoria se mantenía a partir de los testimonios y demás elementos de corroboración. La Cámara entendió que las declaraciones de las víctimas resultaban creíbles tanto por la sinceridad advertida en sus relatos como por su concordancia con prueba independiente.-

V.- El funcionario municipal

 El cargo municipal ocupa un lugar central en la causa. La jueza Alicia Vivian sostuvo —y Casación consideró acertado— que Broggi “usufructuó su cargo para llevar adelante su plan delictivo”. La sentencia menciona concretamente la incorporación de menores a tareas relacionadas con el quehacer municipal y la utilización de instalaciones de la Municipalidad.-

La función pública le proporcionaba acceso a los jóvenes y, al mismo tiempo, una posición de autoridad frente a ellos. Una frase recogida en el expediente muestra hasta qué punto Broggi comprendía aquella diferencia. Después de someter sexualmente a uno de los jóvenes, le decía que “a un negrito nadie le iba a creer”. La Cámara vinculó esas palabras directamente con la asimetría de la relación: menores de edad frente a un funcionario conocido, relacionado —según los testimonios— con personas importantes, con dinero y con poder. Esa posición, sostuvo el tribunal, podía constituir un obstáculo concreto para que los jóvenes e infantes (léase menores de edad) hicieran valer sus derechos.-

En una ciudad pequeña, esa observación judicial adquiere una dimensión particular. No se trataba solamente de la diferencia de edad. Había prestigio, vínculos y una función institucional.-

VI.- Abril de 2008

En ese momento, el intendente en funciones de Urdinarrain era Alberto Paulino Mornacco (hijo), referente de la Intransigencia Popular. Javier Broggi integraba su gobierno municipal y continuaba desempeñándose como responsable del área de Cultura y Turismo. En abril de ese año ocurrió una conversación que tiempo después se ventilaría en el juicio. Mornacco declaró que convocó a Broggi a su despacho luego de tomar conocimiento de denuncias sobre abusos y que el propio funcionario le reconoció los hechos: “Él me reconoció que había abusado de esos chicos” (sic).-

Broggi dejó inmediatamente su cargo municipal. La respuesta institucional quedó circunscripta, en ese momento, a su salida del gobierno. No hubo una denuncia penal surgida de aquella conversación. Años después, Mornacco explicó ante el tribunal que había consultado a su asesor jurídico y que éste le había indicado que se trataba de un delito de instancia privada.-

La explicación merece ser confrontada con la legislación vigente en 2008. Un delito dependiente de instancia privada requería, como regla, el impulso inicial de la víctima o de quien estuviera legalmente habilitado para hacerlo. Los delitos de acción pública, en cambio, podían ser investigados de oficio una vez conocidos por las autoridades.-

Desde 1999, el artículo 72 del Código Penal enumeraba expresamente cuáles delitos contra la integridad sexual dependían de instancia privada: los previstos en los artículos 119, 120 y 130. La corrupción de menores contemplada en el artículo 125 no integraba esa enumeración. Y el artículo 180 del Código Procesal Penal de Entre Ríos entonces vigente establecía, además, que los funcionarios y empleados públicos tenían obligación de denunciar los delitos perseguibles de oficio de los que tomaran conocimiento en ejercicio de sus funciones.-

Ese contraste resulta difícil de soslayar. En abril de 2008, el intendente había recibido de boca de un funcionario municipal el reconocimiento de hechos sexuales cometidos contra menores. La consecuencia inmediata fue su alejamiento del Municipio; la intervención penal llegaría años después, a partir de la investigación periodística que tomó estado público en 2013.-

La causa no juzgó responsabilidades penales de las autoridades municipales de entonces, y corresponde mantener esa precisión. Pero el episodio forma parte de la historia institucional de Urdinarrain: un funcionario reconoció hechos sexuales contra menores ante la máxima autoridad municipal, abandonó su cargo y la Justicia no tomó intervención a partir de aquella confesión.-

VII.- Discusión sobre la prescripción

 La defensa tenía además una razón jurídica concreta para intentar modificar la calificación. Si los hechos quedaban reducidos a abuso sexual simple, la discusión sobre la prescripción cambiaba sustancialmente. Por eso una parte importante del litigio giró alrededor de dos preguntas vinculadas entre sí: qué delito se había cometido; y si el Estado todavía estaba habilitado para perseguirlo.-

La corrupción agravada del artículo 125 tenía una pena máxima de quince años. Conforme al artículo 62 del Código Penal, la prescripción para los delitos con pena temporal se calcula de acuerdo con el máximo previsto, aunque el plazo nunca puede superar los doce años. Los hechos juzgados databan de 2002 y 2003. La declaración de imputado fue realizada recién en marzo de 2015. A simple vista, el problema era evidente. Pero existía una regla adicional.-

El artículo 67 del Código Penal dispone que la prescripción se suspende respecto de los delitos cometidos en ejercicio de la función pública mientras cualquiera de sus partícipes permanezca desempeñando un cargo público. Broggi había ejercido funciones en la Municipalidad desde el 2 de enero de 2002 hasta el 28 de abril de 2008. Casación consideró que durante todo ese período el plazo estuvo suspendido y concluyó que la acción penal permanecía vigente.-

El fundamento de esa regla también fue explicado por los jueces. La suspensión busca evitar que quien ocupa una función pública pueda servirse de la influencia derivada de su cargo para obstaculizar la investigación. La Cámara relacionó expresamente esa finalidad con el caso Broggi: recordó su posición frente a las víctimas, sus vínculos y aquella frase sobre el joven al que “nadie le iba a creer”. El cargo municipal adquiere así una doble relevancia dentro de la sentencia: permitió comprender la relación de poder utilizada por Broggi frente a las víctimas y, jurídicamente, determinó la suspensión de la prescripción durante el período en que permaneció en la función pública.-

VIII.- Catorce años de condena

 Broggi fue condenado por dos hechos independientes. En derecho penal eso se denomina concurso real. Cuando existen varios delitos independientes sancionados con la misma clase de pena, el artículo 55 del Código Penal obliga a construir una escala conjunta. El mínimo parte del mínimo más alto aplicable y el máximo surge, dentro de los límites legales, de sumar los máximos correspondientes. La figura agravada aplicada a Broggi preveía de diez a quince años por cada hecho. Casación señaló que, por existir dos hechos en concurso real, la escala abstracta llegaba de diez a treinta años de prisión. El tribunal había fijado catorce.-

La Cámara consideró la pena razonable y señaló que se encontraba dentro del primer tercio de aquella escala. Ese dato permite comprender mejor la sentencia. Catorce años no fue el máximo. Dentro de la calificación jurídica finalmente confirmada, la escala admitía una pena considerablemente superior.-

La determinación concreta de los catorce años tampoco fue objeto de impugnación por la defensa ante Casación. Aun así, la Cámara se ocupó del punto y consideró que la pena resultaba razonable y adecuada a “la gravedad del injusto y la culpabilidad del autor”. Señaló además que, dentro de una escala de diez a treinta años, los catorce años se ubicaban en su primer tercio y convalidó las pautas de mensuración utilizadas por el Tribunal de Juicio.-

IX.- El final

El 22 de diciembre de 2016 se conoció el adelanto del veredicto: catorce años de prisión. La sentencia fundada lleva fecha 29 de diciembre. La diferencia responde al procedimiento seguido en el juicio: primero el tribunal comunicó públicamente su decisión y la pena impuesta; días después quedó formalizada la sentencia con sus fundamentos, que posteriormente sería revisada por Casación.-

Broggi permaneció en libertad mientras se tramitaron los recursos. Recién en agosto de 2019, después de que el Superior Tribunal de Justicia denegara el recurso extraordinario federal con el que la defensa pretendía llegar a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, ingresó a la Unidad Penal de Gualeguay.-

Javier Broggi murió privado de su libertad el 3 de junio de 2024. Había sufrido un accidente cerebrovascular días antes y permanecía internado en el Hospital San Antonio de Gualeguay. Habían pasado más de veinte años desde los hechos juzgados.-

X.- Interpretación más allá de los hechos

La condena de catorce años se refiere a dos hechos y a las dos víctimas cuyos casos pudieron atravesar el proceso hasta una sentencia condenatoria. Alrededor de la causa existía, sin embargo, una dimensión mucho mayor que debe mencionarse con la misma precisión con la que se analiza el fallo. Durante la audiencia ante Casación, el fiscal Lisandro Beherán sostuvo que se calculaba que las víctimas podían superar las cuarenta y recordó que Broggi había reconocido ante el intendente haber sido victimario de muchos menores. Esa referencia quedó expresamente consignada en la sentencia, aunque no integra como hecho probado la condena pronunciada contra Broggi.-

Las investigaciones periodísticas anteriores al juicio habían recogido, además, relatos referidos a niños considerablemente más pequeños que los adolescentes de 16 o 17 años involucrados en los dos hechos finalmente juzgados. Una de las víctimas relató públicamente que fue abusado cuando tenía ocho años y describió un mecanismo mediante el cual Broggi se acercaba primero a familias con hijos pequeños, construía durante años una relación de confianza y luego avanzaba sobre los niños. Su caso permite comprender la extensión de las denuncias alrededor de Broggi, aunque esos hechos antiguos no forman parte de la condena de catorce años.-

Hasta aquí llega el análisis del expediente. Queda una única pregunta que excede al derecho penal: cómo pudo Broggi desarrollar durante tantos años esas conductas en una comunidad como Urdinarrain, de menos de 10 mil habitantes.-

El 22 de diciembre de 2016, después de conocido el veredicto, Ariel E. Martínez —abogado, testigo en la causa y durante muchos años cercano a Broggi— habló desde un lugar especialmente difícil. Había querido a Javier “como un hermano” y declaró, según sus propias palabras, con mucha rabia. Al intentar explicar cómo había sido posible, dejó una frase que merece conservarse: “Yo creo además que Javier lo pudo hacer porque lo dejaron hacer”.-

El recuerdo de Martínez permite comprender mejor esa afirmación. Broggi proyectaba la imagen de un hombre culto, informado, de buen gusto y con acceso a objetos y novedades que en el Urdinarrain de los años ochenta no estaban al alcance de cualquiera. Sabía de diseño, publicidad y comunicación; tenía discos, revistas, tecnología, buenos vinos, licores y whisky. Regalaba ropa, acercaba música y novedades y sabía moverse con soltura en distintos ambientes. Esa capacidad para generar interés y confianza terminó siendo funcional al modo en que se aproximaba a adolescentes y familias.-

Durante años, recuerda Martínez, muchos interpretaron sus aproximaciones a adolescentes simplemente a partir de su homosexualidad. Era otra época y esa lectura funcionó como una explicación cómoda frente a conductas que merecían otra atención. La homosexualidad nada tiene que ver con el abuso; aquella asociación equivocada contribuyó, sin embargo, a naturalizar o ignorar determinadas señales. Con el tiempo aparecen relatos todavía más graves: Broggi se incorporaba a la vida de familias amigas, construía relaciones de confianza durante años y lograba que los padres le confiaran a sus hijos. Regalos, atenciones, tecnología, dibujos, películas, computadoras y pequeños trabajos formaban parte de ese acercamiento. Algunas víctimas lo describieron como el tío, el maestro, el amigo. Los testimonios publicados posteriormente hablaron de niños de entre seis y trece años y de víctimas cuyo vínculo con Broggi había comenzado muchos años antes de los abusos.-

La frase de Martínez sobre quienes “lo dejaron hacer” adquiere otra dimensión al contrastarla con lo ocurrido en 2008. El testimonio de Alberto Paulino Mornacco tuvo un valor concreto: permitió conocer que Broggi, siendo funcionario municipal, le había reconocido personalmente al intendente haber abusado de menores. Pero allí mismo aparece su debilidad institucional. Frente a ese dato extraordinariamente grave, la respuesta que pudo reconstruirse fue simplemente la desvinculación de Broggi del Municipio. Cuando años después Mornacco debió explicar por qué aquella confesión no derivó en una denuncia penal, remitió a un supuesto asesoramiento según el cual se trataba de un delito de instancia privada. Como ya vimos, esa explicación presenta serias dificultades frente a la legislación vigente en aquel momento.-

El contraste entre ambos testimonios es significativo. Martínez llegó al juicio después de haber tenido durante años una relación estrecha con Broggi, a quien había querido “como un hermano”, y aun así declaró sobre lo que había visto y conocido. Lo hizo con rabia y llegó a interpelarlo directamente durante su declaración: “Javier, vos sabés que esto es verdad; Javier, vos sabés que esto es así”. Mornacco, en cambio, declaró como quien había ejercido la máxima autoridad institucional de Urdinarrain y había recibido del propio Broggi el reconocimiento de abusos contra menores. Su testimonio permitió reconstruir aquella admisión, pero no explicó de manera convincente por qué, teniendo ese conocimiento y siendo intendente en funciones, aquello no derivó entonces en una denuncia penal.-

El juicio modificó también la mirada de Martínez sobre quienes nunca pudieron declarar. Al principio llegó a preguntarse por qué no hablaban. Después de sentarse él mismo ante un tribunal y revivir hechos de décadas atrás, comprendió la carga que significaba hacerlo. Desde entonces dejó de juzgar a quienes no pudieron hablar y reservó una palabra para los que sí pudieron sentarse frente a la Justicia y sostener sus relatos: valientes.-

[1] La Nación, “Investigan abusos sexuales a menores”, 20 de diciembre de 2013. La nota informa sobre el inicio de la investigación judicial luego de la publicación de la investigación periodística El otro abusador, de la revista Análisis. Consultar nota

[2] Mariana Carbajal, “El vecino respetable que había abusado de decenas de chicos”, Página/12, 8 de abril de 2015. Consultar nota

[3] “Pensé que nuestros padres no nos iban a creer”, Página/12, 8 de abril de 2015. Testimonio referido al modo en que Broggi se incorporaba a las familias, construía relaciones de confianza y se acercaba a los niños. Consultar nota

[4] “Asumo que soy culpable”, Página/12, 8 de abril de 2015. Publicación referida al correo enviado por Broggi en abril de 2008 a los padres de una de las víctimas. Consultar nota

[5] Poder Judicial de Entre Ríos, “Confirman la sentencia de 14 años de prisión impuesta a Javier Broggi”, 27 de diciembre de 2017. Sentencia Nº 418 de la Cámara de Casación Penal de Paraná. Consultar fuente oficial

[6] Poder Judicial de Entre Ríos, “La Sala Penal del STJ confirmó la condena a Javier Aníbal Broggi por corrupción de menores”, 2019. Consultar fuente oficial

[7] Poder Judicial de Entre Ríos, “La Sala Penal del STJ negó apelación ante la Corte Suprema en un caso de corrupción de menores”, 2 de agosto de 2019. Consultar fuente oficial

[8] Análisis, “Murió Broggi, el exdirector de Cultura de Urdinarrain condenado por abuso de menores”, 3 de junio de 2024. Consultar nota