martes, 2 de abril de 2019

POR ELLAS YO DÍ LA VIDA

Raúl Alberto Correa es uno de los tantos entrerrianos que, después de cerrar una etapa de su vida decide volver a Urdinarrain, donde piensa quedarse para siempre. Pero la historia de este hombre, que nació en 1962 en Gilbert, que cursó hasta 4º grado en la escuela Caseros, no es de las más comunes entre nosotros. La guerra de Malvinas lo marcó para siempre y el es, por sus tatuajes, por su pared llena de recuerdos, por su forma de vestir, de hablar y sentir, un “Veterano de Malvinas”.
Alberto, como lo llaman desde que era aquel gurisito que vivía en el barrio “Jesús Obrero”, emigró a los diez años a Buenos Aires con su familia y en marzo del 82’ recién había salido de la colimba. Se enteró de la toma de las islas por la radio y fue sorprendido con el llamado que le indicaba que debía presentarse en el Regimiento 10 de Palermo, el 4 de Abril. Cuatro días después, vestido con el uniforme de combate y con equipo completo, bajaba de un Hércules junto con sus compañeros en suelo malvinense.
Como todos sus camaradas, reconoce que no tenían ni idea de lo que era la guerra y que solo el día que empezó el ataque a Puerto Argentino tomaron conciencia de lo que pasaba. Su compañía estaba destinada a la defensa de una línea que iba desde el aeropuerto hasta el Royal Marine y nos cuenta que en las primeras semanas todo transcurrió con normalidad, que les daban comida e incluso cigarrillos, pero que una vez que empezaron los combates esto se terminó.
Dentro de la trinchera, que compartió con cinco soldados y un suboficial debían ingeniársela para comer y sobrevivir al clima lluvioso y húmedo, con nevadas y temperaturas de hasta 15º bajo cero.Y así por ejemplo, tuvieron que poner maderas en el piso porque el agua brotaba sin cesar, aunque la ropa pronto dejó de ser una preocupación: él y sus compañeros estuvieron 76 días con el mismo uniforme.
La noche del 1º de Mayo, mientras estaba de guardia un oficial le informó que se preveía un ataque entre las 3 y las 5, por lo que recorrió la línea informando la novedad. Se ríe cuando recuerda que la mayoría siguió durmiendo, hasta que el ruido del Sea Harrier que bombardeó el aeropuerto y fue derribado los trajo a la terrible realidad. Confiesa que lo peor que pasaron fue el bombardeo naval y entonces imita el ruido lejano de la artillería que lanzaba veinte proyectiles por minuto, y segundos después el silbido infernal y las explosiones que sembraban la muerte cuando caían sobre las trincheras.


Son innumerables las anécdotas de lo que vivió en la guerra, algunas de las cuales ilustran el sufrimiento y la improvisación a la que fueron sometidos. Y el tema de la comida fue tal vez lo más significativo, porque él había ayudado a descargar las mercaderías que enviaron desde el continente, de las cuales no recibían casi nada. En una recorrida encontraron un depósito de los kelpers donde había muchas cajas cuyo contenido desconocían porque estaban en inglés y entonces debían recurrir a un compañero que había pasado por la universidad, quien les traducía lo que decían los envoltorios. Otra fuente de alimento eran los corderos que morían por las minas, los cuales eran asados (sin sal) y constituían un verdadero manjar. Los soldados tenían prohibido el contacto con los isleños, pero en varias oportunidades fueron a un almacén donde lograron gracias a un compañero muy caradura que les vendieran “chocoley” con money “aryentain”. También recurrieron al periodista y corresponsal Nicolás Kasanzew, a quien le daban dinero y el les hacía las compras, “de onda”.
Mientras duraba la guerra ellos no tenían información de lo que estaba sucediendo, pero cuando empezó el ataque masivo del 12 de Junio creyeron que el final estaba cerca. Relata que estuvieron dos días en las trincheras en los que pensaron que iban a morir, porque el espectáculo del fuego enemigo y propio era aterrador y que solo les quedaba rezar.
En la mañana del 14 en medio del silencio reinante un sargento de apellido Aguilar les dijo que se tranquilizaran, que la guerra había terminado porque Argentina se había rendido. Como no le creyeron subieron hasta una altura desde donde se veía la ciudad y al observar que en la casa del gobernador flameaba una enorme bandera inglesa se abrazaron con sus compañeros y lloraron, con una mezcla de dolor e impotencia. Y mayor fue la angustia que sintieron cuando vieron pasar los unimog atestados con los cuerpos de los argentinos muertos por el fuego inglés.
Cuando Alberto recuerda la rendición no denota odio hacia el enemigo, del cual reconoce que recibieron un trato correcto y que a los ingleses se los veía muy profesionales. Si expresa en todo momento la indignación que siente hasta hoy por la incapacidad de sus superiores, porque es incomprensible que hayan pasado hambre y frío cuando sobraban elementos. Además, afirma que la decisión de rendirse de Gral. Menéndez evitó muchas muertes innecesarias.
Fue trasladado en el buque hospital Bahía Paraíso hasta el continente y luego en avión hasta El Palomar, adonde arribaron el sábado 19 de Junio. Allí creyó como todos que por fin volvería a casa, pero los llevaron a la escuela Sargento Cabral donde les dieron comida en exceso porque “(…) querían engordarnos como pavos para que nuestras familias no nos vieran que habíamos vuelto flacos como esqueletos”. Allí permanecieron hasta el martes 24 de Junio cuando exigieron irse y prácticamente se escaparon empujando el portón de la entrada y a los oficiales que quisieron detenerlos.
El viaje a casa, con la ropa con que habían salido ochenta y un días antes lo hicieron sin un peso, subiendo a los micros, al subte o al tren diciendo que eran combatientes y así se fueron separando, en medio de fuertes abrazos donde se juramentaban volverse a reunir. La llegada al hogar la recuerda como algo muy fuerte, con su familia unida en un abrazo interminable.
Desde hace unos meses decidió que Urdinarrain era un buen lugar para que crezcan sus hijas Nadia y Rocío. Acepta que contemos su historia y también accedió ayer por la noche visitar el Colegio, donde tímidamente se presentó ante los alumnos del nocturno y del Centro de Estudiantes, aunque después empezó a hablar y durante una hora y media recuerda la historia de la guerra, sin esforzarse, porque sabe y siente que con sus compañeros fueron parte de ella.-
Colaboración Mónica Feyt y Ariel Martínez





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