Raúl Alberto Correa es uno de los tantos entrerrianos que, después de cerrar una etapa
de su vida decide volver a Urdinarrain, donde piensa quedarse para
siempre. Pero la historia de este hombre, que nació en 1962 en Gilbert, que
cursó hasta 4º grado en la escuela Caseros, no es de las más comunes entre
nosotros. La guerra de Malvinas lo marcó para siempre y el es,
por sus tatuajes, por su pared llena de recuerdos, por su forma de vestir, de
hablar y sentir, un “Veterano de Malvinas”.

Como todos sus camaradas, reconoce que
no tenían ni idea de lo que era la guerra y que solo el día que empezó el
ataque a Puerto Argentino tomaron conciencia de lo que pasaba. Su compañía
estaba destinada a la defensa de una línea que iba desde el aeropuerto hasta el
Royal Marine y nos cuenta que en las primeras semanas todo transcurrió con
normalidad, que les daban comida e incluso cigarrillos, pero que una vez que
empezaron los combates esto se terminó.

La noche del 1º de Mayo, mientras
estaba de guardia un oficial le informó que se preveía un ataque entre las 3 y
las 5, por lo que recorrió la línea informando la novedad. Se ríe cuando
recuerda que la mayoría siguió durmiendo, hasta que el ruido del Sea Harrier
que bombardeó el aeropuerto y fue derribado los trajo a la terrible
realidad. Confiesa que lo peor que pasaron fue el bombardeo naval y
entonces imita el ruido lejano de la artillería que lanzaba veinte proyectiles
por minuto, y segundos después el silbido infernal y las explosiones que
sembraban la muerte cuando caían sobre las trincheras.
Son innumerables las anécdotas de lo
que vivió en la guerra, algunas de las cuales ilustran el sufrimiento y la
improvisación a la que fueron sometidos. Y el tema de la comida fue tal
vez lo más significativo, porque él había ayudado a descargar las
mercaderías que enviaron desde el continente, de las cuales no recibían casi
nada. En una recorrida encontraron un depósito de los kelpers donde había
muchas cajas cuyo contenido desconocían porque estaban en inglés y entonces
debían recurrir a un compañero que había pasado por la universidad, quien les
traducía lo que decían los envoltorios. Otra fuente de alimento eran los
corderos que morían por las minas, los cuales eran asados (sin sal) y
constituían un verdadero manjar. Los soldados tenían prohibido el contacto con
los isleños, pero en varias oportunidades fueron a un almacén donde lograron
gracias a un compañero muy caradura que les vendieran “chocoley” con money
“aryentain”. También recurrieron al periodista y corresponsal Nicolás Kasanzew,
a quien le daban dinero y el les hacía las compras, “de onda”.

En
la mañana del 14 en medio del silencio reinante un sargento de apellido Aguilar
les dijo que se tranquilizaran, que la guerra había terminado porque Argentina
se había rendido. Como no le creyeron subieron hasta una altura desde donde se
veía la ciudad y al observar que en la casa del gobernador flameaba una enorme
bandera inglesa se abrazaron con sus compañeros y lloraron, con una
mezcla de dolor e impotencia. Y mayor fue la angustia que sintieron
cuando vieron pasar los unimog atestados con los cuerpos de los argentinos
muertos por el fuego inglés.
Cuando Alberto recuerda la rendición no
denota odio hacia el enemigo, del cual reconoce que recibieron un trato
correcto y que a los ingleses se los veía muy profesionales. Si expresa en todo
momento la indignación que siente hasta hoy por la incapacidad de sus
superiores, porque es incomprensible que hayan pasado hambre y frío cuando
sobraban elementos. Además, afirma que la decisión de rendirse de Gral.
Menéndez evitó muchas muertes innecesarias.
Fue trasladado en el buque hospital
Bahía Paraíso hasta el continente y luego en avión hasta El Palomar, adonde
arribaron el sábado 19 de Junio. Allí creyó como todos que por fin volvería a
casa, pero los llevaron a la escuela Sargento Cabral donde les dieron comida en
exceso porque “(…) querían engordarnos como pavos para que nuestras
familias no nos vieran que habíamos vuelto flacos como esqueletos”. Allí
permanecieron hasta el martes 24 de Junio cuando exigieron irse y prácticamente
se escaparon empujando el portón de la entrada y a los oficiales que quisieron
detenerlos.
El viaje a casa, con la ropa con que
habían salido ochenta y un días antes lo hicieron sin un peso, subiendo a los
micros, al subte o al tren diciendo que eran combatientes y así se fueron
separando, en medio de fuertes abrazos donde se juramentaban volverse a reunir.
La llegada al hogar la recuerda como algo muy fuerte, con su familia unida en
un abrazo interminable.
Desde hace unos meses decidió que
Urdinarrain era un buen lugar para que crezcan sus hijas Nadia y Rocío. Acepta que contemos su historia y
también accedió ayer por la noche visitar el Colegio, donde tímidamente
se presentó ante los alumnos del nocturno y del Centro de Estudiantes, aunque
después empezó a hablar y durante una hora y media recuerda la historia de la
guerra, sin esforzarse, porque sabe y siente que con sus compañeros fueron
parte de ella.-
Colaboración Mónica Feyt y Ariel
Martínez
No hay comentarios:
Publicar un comentario