domingo, 25 de octubre de 2026

DIOS, LLÉVATE A MILEI Y DEVUÉLVENOS AL GASPI

En el Apocalipsis, capítulo 3, versículos 15 y 16, Jesucristo dirige una de sus advertencias más severas a la Iglesia de Laodicea: «Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca». Laodicea era una ciudad próspera del Asia Menor romana. Según el relato bíblico, Juan recibió la revelación del Cristo resucitado, quien reprendió a una comunidad satisfecha de sí misma, convencida de su riqueza y autosuficiencia, incapaz de reconocer su propia pobreza espiritual. La tibieza era el resultado de aquella complacencia, una tranquilidad de conciencia adquirida a fuerza de convivir cómodamente con las contradicciones, aceptar lo que debería provocar vergüenza y terminar considerando normal aquello que alguna vez habría resultado intolerable.-

Siglos antes, Platón había reflexionado sobre las dificultades que enfrenta una sociedad al elegir a sus gobernantes. En La República imaginó una embarcación cuyos tripulantes se disputaban el timón mientras despreciaban a quien verdaderamente conocía el arte de navegar. Los aspirantes al mando competían por imponerse sobre los demás, aunque carecieran de los conocimientos necesarios para conducir la nave. Para Platón, gobernar exigía sabiduría, virtud, prudencia y conocimiento del bien común. El filósofo desconfiaba especialmente de los demagogos capaces de conquistar multitudes mediante la persuasión, la apariencia y la explotación de sus emociones. Su pensamiento admite numerosas objeciones desde nuestra concepción moderna de la democracia, pero conserva una advertencia difícil de ignorar en tanto la voluntad popular confiere legitimidad democrática, aunque jamás garantiza por sí sola las cualidades necesarias para gobernar.-

EL ESPÉCIMEN QUE GOBIERNA

Javier Gerardo Milei salió de los estudios de televisión, donde durante años se dedicó a gritar, insultar y protagonizar espectáculos bochornosos que terminaron convirtiéndolo en una celebridad. Su aparición reunía todos los ingredientes necesarios para alimentar el morbo televisivo: una estética espantosa, modales de patotero, una arrogancia descomunal y esa curiosa costumbre de confundir el volumen de la voz con la solidez de los argumentos. Discutía de “economía” como quien busca pelea a la salida de un boliche, descalificando a cualquiera que se atreviera a contradecirlo. Las cámaras lo adoraban, los programas repetían sus exabruptos y buena parte del periodismo descubrió que aquel personaje grotesco —y repulsivo— resultaba extraordinariamente rentable. Los mismos medios que contribuyeron a fabricarlo terminarían escandalizados por las groserías del monstruo que habían ayudado a engendrar.-

Ya entonces había dado muestras suficientes de su concepción de la inteligencia. En una intervención televisiva comparó al Estado con «un pedófilo en un jardín de infantes», imaginando a los niños encadenados y bañados en vaselina. En otra oportunidad aseguró que prefería a la mafia antes que al Estado porque los mafiosos tenían códigos, cumplían sus compromisos y competían. Cuando le preguntaron sobre la compraventa de órganos humanos, respondió con una naturalidad escalofriante: «Es un mercado más». Y cuando el interrogante avanzó hacia la posibilidad de vender niños, encontró necesario introducir consideraciones filosóficas antes de contestar: «No, depende». Después especuló con que semejante discusión podría plantearse dentro de doscientos años. Finalmente aclaró que se oponía a vender criaturas, conclusión a la que consiguió arribar después de un rodeo intelectual tan innecesario como repugnante. Cuesta imaginar qué clase de razonamiento puede conducir a semejante individuo a examinar la comercialización de un niño con la misma desenvoltura con la que se discute el precio de una bolsa de papas.-

La obscenidad continuó siendo uno de sus recursos predilectos una vez instalado en la Presidencia. En Davos, frente a representantes políticos y empresariales de todo el mundo, calificó a la cultura woke como un «cáncer que hay que extirpar» y vinculó lo que denominaba ideología de género con el abuso infantil, utilizando el crimen cometido por una pareja homosexual estadounidense para sostener una generalización absolutamente injustificada. La ligereza de semejantes asociaciones contrasta con la gravedad de sus consecuencias. Sin embargo, el mandatario parece encontrar un oscuro placer en pronunciar barbaridades cuanto mayor sea la repercusión internacional. La palabra presidencial, que debería emplearse con especial responsabilidad, termina convertida en una sucesión de provocaciones que alimentan adhesiones fanáticas y enfrentamientos cada vez más degradantes.-

Su desprecio por quienes lo contradicen constituye otra de sus características más reconocibles. Periodistas, economistas, legisladores y adversarios políticos han sido tratados como mandriles, ratas, ensobrados, basura humana y lacra inmunda. Llegó a afirmar que «los periodistas son históricamente las prostitutas de los políticos» y reclamó que se los odiara todavía más. En mayo de 2025, durante una transmisión de streaming, preguntó entre risas si tenían preparada la lista de periodistas que debía meter presos. El espectáculo contaba con la presencia complaciente de integrantes de su gobierno. Resulta difícil encontrar antecedentes de un presidente argentino tan dedicado a convertir el agravio personal en una actividad cotidiana. Aquello que en cualquier otro funcionario podría provocar un escándalo termina siendo celebrado por sus seguidores como una demostración de autenticidad. La vulgaridad adquirió categoría de virtud y la grosería pasó a confundirse con el coraje.-

Pero la representación de Milei alcanza sus momentos más grotescos cuando pretende exhibir una genialidad que, según parece, el resto de los mortales somos incapaces de comprender. Llegó a proclamar que su espacio era superior moral y estéticamente a sus adversarios, una declaración risible en alguien que parece haberse vestido durante años bajo la influencia de algún productor de televisión de la década del noventa. También se presentó disfrazado como el General AnCap, un superhéroe anarcocapitalista provisto de antifaz y tridente, cuya misión consistía en combatir a los keynesianos. Ya como presidente se definió como un topo infiltrado en el Estado para destruirlo desde adentro y se comparó con Terminator, proveniente de un futuro apocalíptico para combatir al socialismo. En otro episodio sostuvo que su perro Conan había sido mejor consejero político que reconocidos consultores. La combinación de superhéroes imaginarios, perros asesores, misiones mesiánicas y fantasías de destrucción compone un universo verdaderamente extraordinario para quien ocupa la máxima magistratura de un país.-

La autoproclamada superioridad intelectual del personaje sufrió, además, algunos tropiezos bastante embarazosos. En su libro Pandenomics fueron identificados fragmentos prácticamente idénticos a los publicados años antes por tres investigadores mexicanos, quienes denunciaron la apropiación de su trabajo. Las comparaciones exhibieron pasajes reproducidos sin la atribución correspondiente. Otros episodios pusieron bajo examen la originalidad de sus publicaciones y hasta los antecedentes académicos que figuraban en la presentación editorial de uno de sus libros. Resulta especialmente grotesco que alguien tan acostumbrado a tratar a sus críticos como ignorantes haya debido enfrentar semejantes cuestionamientos sobre el rigor de su propia producción intelectual. La figura del economista iluminado, llamado a corregir los errores de toda la humanidad, pierde bastante solemnidad cuando aparecen científicos reclamando el reconocimiento de las páginas que escribieron.-

A semejante repertorio se añadió su transformación en cantante de rock, con camperas de cuero, movimientos ampulosos, rugidos y recitales multitudinarios donde funcionarios y dirigentes partidarios terminaron convertidos en una suerte de banda de acompañamiento. Se apropió políticamente de Panic Show, de La Renga, pese al rechazo expreso de sus autores, que lo describieron como un «disfrazado de amigo hablando de la libertad». El león, la motosierra, las canciones modificadas, los abrazos sobreactuados y las escenografías grandilocuentes fueron completando una estética profundamente grasa, a medio camino entre una fiesta de disfraces y la fantasía de una estrella de rock frustrada. En uno de sus espectáculos, después de cantar y arengar durante horas, anunció que necesitaba higienizarse y volver a vestirse de presidente. Pocas expresiones podrían sintetizar mejor el disparate: el propio jefe de Estado parecía reconocer que había pasado buena parte de la jornada representando otra cosa.-

Y mientras se pavonea como enemigo de los poderosos, gobierna rodeado de dirigentes que acumulan décadas dentro de la política y del poder económico. La casta, aquella organización supuestamente responsable de todos los males nacionales, resultó bastante menos despreciable cuando algunos de sus integrantes aceptaron incorporarse al gobierno. El pretendido revolucionario terminó acompañado por figuras conocidas de administraciones anteriores, demostrando que su anunciada cruzada contra los privilegios admitía excepciones extraordinariamente convenientes. Todo ello mientras las redes sociales continúan alimentando una caricatura de superhéroe libertario, con imágenes artificiales, leones, espadas y fantasías de omnipotencia destinadas a una audiencia que parece haber renunciado a distinguir la política de un videojuego.-

Después de semejante desfile de obscenidades, insultos, actuaciones ridículas, contradicciones y pretensiones intelectuales, resulta comprensible que aparezcan calificativos como imbécil, infradotado, lobotomizado, desequilibrado o repulsivo. Son expresiones de una indignación que recurre a la exageración satírica frente a un personaje que parece empeñado en superar cualquier caricatura. Bastaría repasar sus declaraciones para comprender el desprestigio que, a juicio de este humilde redactor, representa la figura pública de aquel. Un espécimen ordinario, arrogante y profundamente desagradable, cuya principal contribución a la vida política argentina ha consistido en elevar la grosería a la categoría de espectáculo presidencial.-

El inconveniente es que este cacuija, surgido de las pantallas y consagrado por una industria que encontró un negocio formidable en sus desbordes, terminó convirtiéndose en presidente de la República Argentina. Ahora, mientras canta, insulta, ruge y se entretiene agraviando a sus adversarios, también firma decretos, veta leyes, administra recursos públicos y toma decisiones que afectan a millones de personas. Detrás de sus actuaciones aparecen los jubilados, los trabajadores, las personas con discapacidad, los recursos naturales y los escándalos que alcanzaron a integrantes de su gobierno. Ese es el verdadero costo de haber transformado un personaje grotesco en autoridad institucional: el espectáculo continúa, pero sus consecuencias las paga todo un país. Los casos de corrupción que comprometen a integrantes de su gobierno, su inhabilidad moral, la falta de estética para representar a la Nación y la doble vara —ese doble estándar que condena en unos lo que justifica en otros— merecen un análisis más detenido, del que nos ocuparemos en otra publicación.-

Lo más inquietante es que los argentinos hemos terminado acostumbrándonos a semejante colección de miserias. Después de tantos años de insultos, obscenidades, gritos y espectáculos bochornosos, el disparate comenzó a formar parte de nuestra vida cotidiana. Cada nueva barbaridad desplaza a la anterior, las redes sociales la convierten en entretenimiento y el escándalo se disuelve antes que podamos terminar de comprenderlo. La repetición ha ido anestesiando nuestra capacidad de asombro. Aquello que, protagonizado por cualquier otro presidente, habría provocado un terremoto político, se acepta ahora como otra extravagancia de Milei. Y así, entre memes, aplausos y resignación, terminamos concediéndole al mandatario una licencia para comportarse como un energúmeno que difícilmente le toleraríamos a cualquier otra persona.-

Su reciente visita a España permitió comprobar hasta qué punto habíamos naturalizado semejante comportamiento. Milei desembarcó en Madrid y calificó a Pedro Sánchez de «impresentable dictador», mientras recorría libremente las calles de la capital española insultando al presidente del supuesto régimen dictatorial. A una periodista que le formuló una pregunta incómoda le atribuyó una visión propia de «gente corta intelectualmente»; a otro cronista, que lo interrogó sobre las dificultades económicas de los argentinos, le respondió: «Amo tu corazón, pero no puedo respetar tu cerebro». Entre agravios, abrazos efusivos con Isabel Díaz Ayuso y una videollamada con Santiago Abascal, que se encontraba en otra ciudad, volvió a desplegar su conocido repertorio de prepotencia y vulgaridad. Pero esta vez encontró una prensa que todavía conservaba la capacidad de escandalizarse. El diario El País llegó a dedicarle un editorial titulado «Inaceptable Milei», mientras otros medios españoles cuestionaban sus descalificaciones. Aquello que aquí contemplamos con el cansancio de quien ya conoce de memoria todos los papelones, del otro lado del Atlántico todavía provocaba estupor. Hemos necesitado que los españoles nos devuelvan nuestra propia vergüenza.-

CON ESTA ME CANCELAN

Otro argentino supo realmente conquistar España y trascender ampliamente las fronteras de nuestro país. Se trata del Gaspi, un muchacho que había construido su popularidad insultando desconocidos, haciendo preguntas obscenas y protagonizando situaciones tan descabelladas como desopilantes. En 2025 participó de La Velada del Año V, el multitudinario espectáculo organizado por Ibai Llanos, donde terminó perdiendo por nocaut técnico frente al español Perxitaa. También fue invitado al podcast The Wild Project, donde conversó más de dos horas, y compartió transmisiones con El Rubius, a quien llegó a besar sorpresivamente durante una transmisión en directo. A esas alturas, aquel personaje que recorría las calles de Buenos Aires, vestido de traje y corbata, había conseguido convertirse en un fenómeno internacional. Millones de personas conocían sus videos y buena parte de los creadores más importantes del mundo hispanohablante celebraban sus ocurrencias.-

Pero ¿quién carajo fue el Gaspi y cómo había conseguido semejante reconocimiento?

Gaspar Prim Díaz había inventado durante su adolescencia una suerte de periodista degenerado, con un micrófono destartalado, voz impostada y una capacidad extraordinaria para decir la peor barbaridad posible en el momento menos indicado. Su aparición era inconfundible: aquel «Bueeeeeenas», el traje desprolijo, la corbata, los pies descalzos —y obviamente sucios— y una expresión de absoluta seriedad mientras se acercaba a desconocidos para arruinarles la tranquilidad. Podía preguntar cualquier estupidez, interpelar a alguien por su aspecto físico o sostener una conversación aparentemente normal hasta introducir una obscenidad completamente inesperada. La gracia estaba en las reacciones: algunos se descostillaban de risa, otros quedaban paralizados y más de uno terminaba amenazándolo con cagarlo bien a trompadas. Mientras tanto, Gaspi seguía actuando como si absolutamente nada extraordinario estuviera sucediendo.-

Quienes conocieron sus videos difícilmente puedan olvidar El guitarrista HDP, donde musicalizaba las mayores atrocidades mientras se acercaba a personas que caminaban tranquilamente por la calle. «Señora, señora, señora, le va a explotar la cara», cantaba frente a una mujer completamente desconcertada. A otra persona le echaba en cara su movilidad: «Qué lindo es caminar, yo camino y vos no». Podía detenerse frente a una pareja y comenzar a cantar «Qué buena está tu jermu», mientras el marido pasaba de la sorpresa a la indignación. «Miralo, miralo, miralo», repetía señalando a cualquier desprevenido que tuviera la desgracia —o la suerte— de cruzarse en su camino. El absurdo consistía en convertir agravios gratuitos en pequeñas composiciones musicales, interpretadas con el entusiasmo de quien cree estar ofreciendo un recital extraordinario.-

En otra brutal escena se acercó a un chofer de colectivos y le dedicó una canción sobre un «gordo que maneja el bus escolar», para terminar acusándolo, dentro de aquella ficción grotesca, de ser un pedófilo. El hombre esperaba escuchar una canción de amor y recibía semejante disparate. En otra oportunidad ingresaba a una heladería para preguntar si quedaba «helado gusto a pija», insistiendo con absoluta naturalidad ante el desconcierto de los empleados. La situación terminaba con uno de los trabajadores echándolo del establecimiento y amenazándolo con tirarlo debajo de un colectivo. Gaspi volvería posteriormente con varios de sus seguidores para bancar la parada y corear el pedido que había originado el conflicto. Uno debe apreciar esas escenas para comprender y dimensionar la perfecta combinación de insolencia, descaro y el extraordinario sentido de la oportunidad del remate que conseguía sostener este prócer del humor argentino.-

Su repertorio incluía situaciones todavía más delirantes. Llegó a vestirse de mujer para intentar seducir a un anciano, a disfrazarse de policía para representar una pelea que terminaba con un beso entre dos hombres corpulentos y a ingresar a una iglesia para preguntarle a un sacerdote si todos los curas eran pedófilos. También recorría espacios públicos inventando acusaciones absurdas, burlándose de los desconocidos y provocando situaciones cuyo desenlace resultaba absolutamente imprevisible. Muchas veces parecía estar a segundos de recibir una trompada. Y precisamente ahí aparecía lo mejor del personaje: la capacidad de sostener una provocación hasta sus últimas consecuencias, cuando cualquier persona razonable ya habría pedido disculpas y salido corriendo.-

Con una frase que resumía su relación con las reglas de las plataformas y con la sensibilidad de sus espectadores, Gaspi anticipó: «Con esta me cancelan». Sabía perfectamente que sus bromas podían resultar ofensivas, crueles o directamente insoportables para determinadas personas. Esa conciencia era parte del espectáculo. A mí me interesa el humor que se anima a explorar esos lugares, incluso cuando termina siendo desagradable. El humor negro vive precisamente de la irreverencia, de la transgresión y de aquello que las convenciones sociales consideran impronunciable. Gaspi había hecho de esa incomodidad una especialidad y nunca necesitó disfrazar sus barbaridades de lecciones morales.

Otro de sus videos más recordados mostraba a Gaspi visitando a una anciana para tomarle medidas con una cinta métrica y encargar su ataúd. La mujer era Norma, la abuela de su amigo Lucas, quien participaba voluntariamente de aquella actuación. La escena generó acusaciones de crueldad entre quienes creyeron que estaba burlándose de una persona indefensa. Tiempo después explicó quién era esta señora y cómo habían construido juntos aquel disparate. Lo notable era que incluso una mujer anciana podía convertirse en cómplice de una broma macabra que desafiaba todas las convenciones sobre la vejez y la muerte. En uno de aquellos intercambios, Norma llegó a bromear con la posibilidad que Gaspi muriera antes que ella. La ocurrencia, que entonces provocaba carcajadas, terminaría adquiriendo un significado tan absurdo como doloroso.-

La popularidad de Gaspi había crecido de manera desproporcionada respecto de la cantidad de videos que publicaba. Algunos fueron eliminados de YouTube y circularon después mediante copias conservadas por sus seguidores. En 2022 recibió el premio al youtuber del año en los Coscu Army Awards, donde se besó apasionadamente con Rodrigo Pereira, el gordo que fuma. Sus videos contenían frases que se repetían entre amigos, escenas que uno podía mirar veinte veces y seguir encontrando graciosas, y personajes secundarios tan estrafalarios como él. Todo parecía improvisado, aunque detrás existía una elaboración mucho más compleja: Gaspi había pasado años perfeccionando la voz, la gestualidad, los silencios y aquella expresión imperturbable que convertía una obscenidad en una escena de comedia.-

Su desaparición temporal de YouTube y posterior regreso permitieron conocer otra faceta de Gaspar. En La vuelta de Gaspi habló de los excesos, del consumo de estupefacientes, de las dificultades personales que había atravesado y de su relación cada vez más complicada con el personaje que había creado. Había dedicado tantos años a construirlo que terminó preguntándose quién era él mismo. Era fanático de Andy Kaufman, de Cha Cha Chá y de Todo por dos pesos, referentes que ayudan a comprender su fascinación por el absurdo, la provocación y esas situaciones en las que el espectador ya no sabe si lo están cargando. También admiraba a Charly García, Spinetta y Virus, que para él era la mejor banda. Detrás de aquel personaje había una curiosidad artística enorme, una personalidad compleja y muchas más inquietudes de las que sus videos dejaban entrever.-

Su participación en España confirmó que el personaje podía funcionar fuera del ambiente donde había nacido. Gaspi había llevado su humor a una audiencia internacional y comenzaba a interesarse por producciones más complejas. En mayo de 2026 estrenó Gaspi visita tu hogar, una serie de entrevistas ficcionalizadas donde conocía a personajes excéntricos y trasladaba su habitual incomodidad callejera a un formato audiovisual mucho más elaborado. Los primeros capítulos mostraban sus visitas a un poeta de José C. Paz y a un cazador de Saladillo. La producción incorporaba actuaciones, recursos cinematográficos y situaciones cuidadosamente construidas, aunque conservaba intacta aquella inclinación por introducir barbaridades donde nadie las esperaba.-

Gaspi tenía apenas veintitrés años cuando murió el 14 de junio de 2026, en el choque de dos helicópteros ocurrido en Río de Janeiro. En el mismo accidente falleció Lucas Vignale, su compañero de trabajo y uno de los responsables de aquella nueva etapa audiovisual. La noticia resultó brutal porque ambos estaban desarrollando proyectos que acababan de comenzar. Gaspi había trascendido la Argentina, se había ganado el reconocimiento de figuras internacionales y estaba experimentando nuevas formas de hacer humor. Tenía una carrera entera por delante y millones de barbaridades que todavía no había llegado a inventar.-

Hay un fragmento de El guitarrista HDP que, después de su muerte, resulta imposible escuchar de la misma manera. Mientras recorría las calles insultando desconocidos, Gaspi se burlaba de una persona mayor cantándole que a ella le quedaba poca vida y a él no. Era otra provocación monumental, deliberadamente cruel, que funcionaba precisamente por lo absurda y desubicada. La vida terminó encargándose de producir una ironía mucho más despiadada que cualquiera de sus bromas. Aquel pibe que se reía del fin de la existencia del ser humano, que andaba descalzo preguntando obscenidades y que había convertido el mal gusto en un espectáculo visto por millones de personas, murió a los veintitrés años, cuando su carrera estaba en plena expansión.-

EL VERDADERO CORTE

«Cuando yo me muera, ahí va a ser el verdadero: Corte», escribió Gaspi en marzo de 2021. Cinco años después murió a los veintitrés años, cuando comenzaba a desarrollar una obra que ya trascendía al personaje que lo había hecho famoso. Su carrera estaba en plena expansión. Tenía películas por hacer, personajes por inventar y miles de ocurrencias que nunca llegaremos a conocer. Es difícil imaginar qué habría sido de aquel artista dentro de diez o veinte años. Más difícil todavía aceptar que nunca podremos averiguarlo. Si Gaspi hubiera escrito el desenlace de esta historia, seguramente alguien le habría dicho que se había ido demasiado al carajo.-

Mientras tanto, la República Argentina continúa presidida por Javier Gerardo Milei. Un individuo que se disfraza de superhéroe, se compara con Terminator y pretende impartir lecciones de superioridad intelectual mientras arrastra cuestionamientos por la originalidad de sus propias publicaciones. Podría ser el protagonista de una comedia, si detrás de sus actuaciones no existieran las responsabilidades propias de la Presidencia. Mientras se entretiene insultando adversarios, alimentando enfrentamientos y generando conflictos diplomáticos con potencias extranjeras, su gobierno toma decisiones sobre las jubilaciones, el trabajo, la salud, los derechos de las personas con discapacidad y los recursos naturales de nuestro país.-

La muerte se llevó a un pibe que había conseguido hacer felices a tantas personas, precisamente cuando empezaba a descubrir hasta dónde podía llegar su talento. Sus videos seguirán provocando carcajadas, incluso entre quienes ya conocemos de memoria cada una de sus barbaridades. En lo que a nosotros respecta, seguimos soportando las actuaciones de un presidente que ha contribuido a instalar el insulto, la humillación y el desprecio en el centro de la vida pública. Y lo verdaderamente indignante es que, mientras millones de argentinos padecen dificultades económicas, privaciones e incertidumbre, quien debería ocuparse de sus problemas parece encontrar tiempo y entusiasmo suficientes para protagonizar una nueva provocación. La vulgaridad de Milei sería apenas una extravagancia personal si no estuviera acompañada por el inmenso poder que le confiere su investidura. Sus palabras pueden alimentar el odio; sus decisiones pueden comprometer derechos, profundizar desigualdades y afectar el destino de generaciones enteras. Y todo ello ocurre ante una sociedad que parece haber agotado su capacidad de escandalizarse.-

Hay algo difícil de aceptar en semejante reparto. Gaspi, que había hecho del humor una forma de expresión artística, se quedó sin tiempo para desarrollar todo aquello que imaginaba. Milei, cuyo comportamiento público ha dado motivos suficientes para cuestionar la degradación del debate político argentino, continúa ejerciendo la máxima autoridad de la Nación. El primero dejó una obra que todavía nos permite reírnos; el segundo administra un país en el que demasiadas personas tienen cada vez menos motivos para hacerlo. Y aunque la muerte jamás haya distinguido entre los méritos y las miserias humanas, resulta inevitable experimentar cierta indignación frente a una ironía tan cruel.-

Personalmente, no pretendo encontrar una explicación racional para semejante desenlace. La muerte carece de sentido del humor y jamás ha demostrado demasiado interés por la justicia. Pero después de tantas consideraciones filosóficas, reflexiones religiosas y agravios políticos, quizás corresponda elevar el reclamo a una autoridad superior. Porque si existe alguien que administra los destinos humanos, quisiera saber qué clase de broma de mierda es esta, en la que el humorista se muere a los veintitrés años y el presidente, que tanto sufrimiento ha provocado, sigue dando funciones. Y si esto responde a algún misterioso designio divino, sería conveniente que su autor se dignara a explicarlo: hasta el mismísimo Gaspi habría considerado que semejante desenlace era una auténtica hija de putez.-

Cierro los ojos una vez más y pienso: Dios, por favor, si estás ahí… llévate a Milei y devuélvenos al Gaspi.-

Atte. Jerónimo Martínez Feyt

P.D.: ¿Dónde compraste la peluca, hijo de puta?


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